Voces de la Calle: J

Jámila. «Al viejo le obsedía una idea: «¡Huesos, los huesos que vender!» Idea salvaje, descarnada, hediente a humores de pudrición. Pero dijo:
-Ve, hijito… -de pronto, reintegrándose-. Ve, Celia, cómo va quedando el casco de la embarcación.
Todo lo expresó con exclamativo agrado, casi con felicidad, tratando de matar los gérmenes inhumanos, con sabor de jámila, que le venían naciendo desde los instintos» (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 143).

Jarambainas. «-Déjeme. Yo hago mejor las cosas curado que bueno. Yo sé lo que hago –y se humedecía los labios con su lengua roja y aguzada. El patio soleado le nublaba la vista con su violento resplandor-. Pelié con la Güila.. No la veré más, nunca más. ¿No es cierto, hijo? Se fue a Iquique, a Iquique –y soltó la risa-. A mi con jarambaínas¡No! Usted me conoce» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 294).

Jiu-jitsu. «Ya la tierra era de plata, de plata pura, pues la claridad lunar había transformado la noche en día. El viento, que se había recatado, empezó de nuevo a tallar con agilidad de atleta en pleno entrenamiento. Saltando, corriendo, braceando, aplicaba ganchos de jiu-jitsu a la nariz del capot, le hacía zancadillas a la carrocería o se alejaba bailando remolinos de valses endemoniados por los salares» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 16).

Jocundas. «Cantando tonadillas maliciosas. Tursi los condujo al hotel. Grupos de gente charlaba a la sombra de los corredores. Un río rumoroso de vida tañía campanas jocundas. El optimismo dilataba el corazón de la mujer, pues los duendes de la intuición, misteriosos y engañadores, le anunciaban cercanos triunfos» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 19).

Jora. «-Discípulo de don Emilio, pues. ¿Usted conoció a don Reca?
-Mucho.
-La primera vez que lo oí hablar, me convenció. No sé, mire, algo se le metía a uno por las entretelas. ¡Tan clarito! ¡Tan clarito! Se palpaban las injusticias.
-¡Alfajores de Pica! ¡Alfajores de Pica! –canturreaba una boliviana-. ¡Fresquita la jora!
-¡Atoradores! ¡Chancaca de Pita! ¡Chicha de piña!
Orillando las palmeras, los comerciantes ofrecían su rica carga de frutos y bebidas, a prudente distancia de los compactos grupos, por lo que pudiera ocurrir…» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 148).

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