Marcelino Lamas Largo


Cada vez que escucho a Nicola di Bari, se me viene de un porrazo, a la memoria, la figura generosa de Marcelino Lamas. «Han brotado violetas aquí…» y el nombre de Marcelino brota a pesar de que no sabemos donde está.

No tenemos la certeza, pero si nos imaginamos, la saña con la que lo trataron. La primera que lo vi fue en la escuela Centenario. Ya le decíamos gordo, pero con respeto, con cariño, casi con admiración. A los años lo volví a ver, en la Juventud Socialista. Tenía la misma sonrisa de los recreos de la escuela de los chinos. Era albañil, creo. Y en tal condición nos invitó a trabajar a Gerardo Segovia y a mi, en una casa que empezaba a levantar, tal vez. en la población Mosquito (no lo recuerdo bien). Ambos necesitamos plata para ir a La Tirana, y Marcelino, nos contrató. Sabía el gordo que era
plata perdida. Pero igual nos hizo tirar picota, pala, carretilla y usar el nivel. Casi a modo de protesta, le cantábamos: «Patrón, esa sombra que tirita tras reses…». Esa fue la última vez que lo vi. Luego supe de su destino. Ahora sus asesinos serán condenados por el juez Carroza. Este juez aunque no encuentre su cuerpo, y por mediación de su apellido, le dará la sepultura que el gordo necesita. «Eran los días de un lindo arco iris».

Para saber más: http://www.memoriaviva.com/

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