Traumática experiencia de Almagro en Pica

Desde siempre, el oasis de Pica ha gozado de merecida revelancia y por diversos motivos. De partida, constituye un admirable fenómeno natural: un vergel bien dotado de agua en medio del desierto más árido del mundo. Luego, sus cotizadas producciones hortofrutícolas y, desde una perspectiva temprana, por su pasado prehispánico y su atributo como escala del Camino Incaico de los Llanos.

Pareciera que en un principio la importancia de esta área se asimilaba al potencial hídrico concentrado en el valle de Quisma, contiguo al futuro Matilla. Control de los recursos hídricos que era equivalente a dominio político.

Existieron allí pequeñas aldeas encaramadas en los bordes altos de dicha quebrada, en cuya vertiente principal, la de Chintaguay (o Chintuguay: vertiente de agua caliente, en aymara) destacaba una población tipo conformada por chozas de cañas donde deben haber residido las autoridades étnicas (Núñez 1985:157). 

Por supuesto que en el espacio de lo que hoy es Pica propiamente tal -y más exactamente ubicados a lo largo de su pendiente arenosa- se desarrollaban oasis que configuraban un mosaico de chacras distribuidas en torno a vertientes, socavones o galerías subterráneas (Núñez 1985:157).

Esa sociedad piqueña ancestral, considerada en conjunto, fue capaz de realizar obras hidráulicas tales como represas, canales y socavones para cultivar maíz, ají, porotos, calabazas y zapallos, principalmente. 

Aparte de su vinculación al camino incaico, Pica se conectaba hacia el oriente tanto con el altiplano como con el transaltiplano y hacia la costa con senderos que pasaban por el parque geoglífico hoy llamado Pintados.    

Poblaciones y sitios prehispánicos cuyos nombres han perdurado son: Quisma, Quismayauca, Chintaguay, Sicuya, Cutuwa, Huanta, Poroma, Concova (Cuncuwa), Santaile, Saquigua, Sauque y Comiña, entre otros.   

 La sociedad piqueña contó también con un segmento de población oriunda de la costa (camanchacas), de los cuales se han encontrado vestigios en el cementerio Pica-8 (Matilla) y en la supervivencia de apellidos. Y es de creer que algunos representantes de esa etnia hayan ocupado el rango de curaca del oasis.

            El paso de la expedición de Almagro

De vuelta de su frustrada expedición a Chile, al cabo de 18 días de descanso en Atacama la Grande (San Pedro), la totalidad del ejército almagrista se puso en marcha para cruzar el desierto de Tarapacá. Como providencia, Diego de Almagro despachó al capitán Rodrigo Ordóñez con una gruesa partida, a fin de desbaratar intentonas indígenas. Desde las alturas precordilleranas, éstos escudriñaban sigilosamente el paso de los intrusos para atacarlos por sorpresa. En una de estas escaramuzas, los españoles pierden un hombre.

Tras dejar San Pedro de Atacama, la columna vertebró el siguiente itinerario: Atacama la Chica (Chiu-Chiu), Calama, Huacate, Miscanti, Chacance, Quillagua y Calate. Con el Despoblado de Atacama a sus espaldas, la expedición ingresó a la región de Tarapaca tocando los puntos precordilleranos de Mani, Tamentica, quebrada de Chipana, Cahuiza y Quisma. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés (más caracterizado como Oviedo), relata la llegada a Pica:

“De allí siguiendo esta armada e atribulado ejército su jornada con la orden e vigilancia que se requería, llegaron a otra provincia llamada Turapaca (sic), ques la primera del Collao (…) y el primer pueblo de ella que se dice Pica” (Oviedo 1936:73).

Desde que dejaron el Loa, habían sido 23 leguas de arena y salar, renegando de la pésima calidad del agua de pozo: gruesa, salada, cenagosa, viscosa y hedionda, que -más que calmar la sed- provocaba dureza e hinchazón del vientre. Y, de improviso, bajando y deslizándose por el tobogán de arena que desciende al Tamarugal, se percatan de que las manchas verdes columbradas desde la precordillera no mentían, sino que eran espejismos reales.

Quisma regalaba sus manantiales de agua fresca, la sombra de sus pacayes, algarrobos y chañares y en las chacras abundaban especies desconocidas como calabazas, ají y papas. Aparte de la bondad de un clima que no tiene en absoluto el flagelo malsano de los valles y quebradas de Arica para arriba, ni el frío de la puna y del desierto circundante. Esto tuvo lugar en los primeros días de diciembre de 1536.

El paso de la hueste almagrista es el primer contacto oficial de las sociedades tarapaqueñas con quienes invadieran el Tawantinsuyo y dieran muerte a su rey Inca, para luego comenzar a recorrer y a apoderarse de cuanto encontraban, sustentados en la fuerza de sus armas y acicateados por la ambición.

La satisfacción de arribar a un oasis, sin embargo, se torna primero en desazón, porque el pueblo de viviendas de barro y caña está deshabitado, las collcas (depósitos) vaciadas de maíz y nada hay de ganado. Y segundo, lo peor, porque en la búsqueda de alimentos y de habitantes a quienes requerir información, descubren “muchas armas y ropa de españoles que habían muerto, y con muchas lágrimas el Adelantado (Almagro) los hizo enterrar” (Oviedo 1936:75).

Desconcertante situación. No eran ellos los primeros hispanos en hollar suelo tarapaqueño: hubo un grupo que les precedió. Con toda seguridad, quisieron anticiparse y cruzaron directamente la cordillera hacia Tarapacá, pagando su imprudencia con la muerte.

Tras un lapso de 373 años, se registró en Pica un descubrimiento reportado por Rómulo Cuneo Vidal:  en noviembre del año 1909, “en el llano arenoso de Pica se descubrieron dos cadáveres que se encontraban momificados por la naturaleza y que conservaban restos del atuendo militar de la época de la conquista».                                                                            Agrega que sus restos evidenciaban las heridas que les habían causado la muerte, y que uno de ellos presentaba una punta de flecha incrustada en la mejilla (Cuneo 1977:338). El episodio se escenificó en el sector conocido hoy como Resbaladero.

La duda que surge es que aquí sólo hay constancia de dos caídos, pero el relato denota varios muertos: «Tenían los cuerpos despedazados y los sesos sembrados en las paredes, con su sangre pintadas sus bellaquerías” (Oviedo 1936:75). Es de presumir que se trataba de un reducido grupo de exploradores que fueron ultimados en lugares diferentes.                                                                                                                   

                                                                                                                                                                                                                                                      Hacia Arica a matacaballo

Almagro ordenó reanudar la marcha aquel mismo luctuoso día. A poco andar, dieron con algunos indios cuyos testimonios resultaban confusos y contradictorios. Con fortuito tino, Almagro dio fe de uno de esos dichos: que un barco español se encontraba sitiado en el “Puerto de Tacana” (Tacna); es decir, en Arica. Almagro sospechó que dicho barco fuera el “San Pedro”, integrante de su avanzada marítima. Efectivamente, lo era. Se encontraba inmovilizado y su tripulación desesperada de no poder desembarcar en procura de agua.

Almagro despachó de inmediato hacia Arica un escuadrón de jinetes al mando del capitán Juan de Saavedra. Dada la premura emergente, se nos ocurre que el piquete no recurrió al Camino del Inca que venían transitando y que discurría por los faldeos precordilleranos en dirección a Tarapacá Viejo. Imaginamos que orientados por lugareños privilegiaron la vía longitudinal y más expedita que cruzaba la Pampa del Tamarugal, articulando puntos hasta el nudo vial que era Tiliviche y desde allí continuaba hacia Arica.

¿Cómo supieron en Tarapacá lo que ocurría a tanta distancia? Nada más ni nada menos que gracias al eficiente sistema incaico de comunicaciones.

De igual manera, los sitiadores se enteraron que venía una fuerza de soldados hispanos y antes de que el escuadrón llegase a destino, la mayor parte de los atacantes ya se había retirado de la playa, quedando una minoría de guerreros sosteniendo el bloqueo y acercándose en sus balsas de cuero de lobo marino para tratar de incendiar la nave (Oviedo 1936:75).

El escuadrón de Saavedra los disuadió e hizo retroceder hasta el mismo Morro (Medina 1896: t. VI:199). Sofocada la emergencia y liberada la tripulación del San Pedro, el escuadrón aguardó la llegada de la columna almagrista para continuar su marcha forzada hacia el Cuzco y sumarse a la lucha española contra la sublevación del inca Manco II.

                          El Señor de Pica

En virtud del fenómeno de maritización o control de áreas costeras desde el interior, hay evidencias de una colonia establecida en Bajo Molle desde unos 1.500 años después de Cristo. Entre los vestigios arqueológicos se halló la sepultura de un “señor de alta jerarquía, con sombrero adornado con plumas y ceramios tipo Pica, junto a implementos pesqueros” (Moragas: Los antiguos pescadores…).

Por las similitudes que muestran estos materiales costeros con otros excavados en el oasis, específicamente en el cementerio Pica-8 (donde Lautaro Núñez evidenció 254 tumbas, con una fuerte presencia de armas y piezas de armadura), a este personaje momificado se le ha sido caracterizado indistintamente como “Señor de Molle” y “Señor de Pica”.

El tocado que adorna la testa del “Señor” está confeccionado con cuero de lobo marino y en su parte posterior lleva un penacho de plumas de parina, el flamenco andino que tiene su hábitat en el área altiplánica (Sepúlveda y otros 2014:28). 

Dicho cubrecabeza puede ser catalogado como sombrero y como casco. Fijándonos en la diadema de plumas de parina, nos preguntamos si no será más bien algo homologable a una corona, pues es evidente que simboliza un rango de jerarquía. Así rimaría más armónicamente con el calificativo de Señor.

Asimismo, en el sitio Bajo Molle se rescataron dos piezas de carcaj o estuche contenedor de flechas, hechos con piel de zorro. Más que un implemento guerrero, los dardos (y los arcos implícitos) justificarían un ejercicio de caza de camélidos (guanacos) que descendían al borde occidental de la serranía costera atraídos por las formaciones vegetales que brotan en ese terreno árido gracias al benévolo rocío de la camanchaca, fenómeno natural que los botánicos han denominado “oasis de niebla”.

Cronológicamente, el tocado del “Señor de Molle” y los carcajes corresponden al período Intermedio Tardío; esto es, entre 1.000 y 1.350 después de Cristo. Se han detectado influencias del Señorío de Molle en otros sitios playeros, como Los Verdes y Patillos.

La presencia del enclave piqueño en la costa se mantiene hasta aproximadamente finales del siglo 17. En efecto, entre 1666 y 1686 vemos que el cacique de Pica, Juan Guagama, es a la vez cacique del ayllu  ubicado en Bajo Molle. De acuerdo a las partidas de bautismo, en esta caleta (signada como Iqueique) predominaba el elemento étnico camanchaca (Larraín y Bugueño 2011:15-16). Procede señalar que los mismos documentos eclesiásticos consignan un ayllu de pescadores nativos que viven en el “Puerto”, sinónimo de Iquique.

El cacique de Pisagua, Pedro Niño, era al mismo tiempo segunda persona de Juan Guagama y su facultad jeráquica alcanzaba hasta Camarones (Cuneo 1977:482). En resumen, todo un arco litoral subordinado a la sociedad piqueña.

                              Disquisiciones toponímicas           

El sacerdote y cronista piqueño Francisco Javier Echeverría (1804) postula que el topónimo original del pueblo-oasis es Tica y que su significado es “flor”. Un juicio puramente subjetivo. Otra versión, proporcionada por un lingüista, señala que quiere decir «padre» (Ibarra 1892:92). Exponentes de esta forma serían Tamentica y el volcán Puquintica (¿Puquiu-Inti-tica?). Se trata de una voz quechua. 

El vocablo históricamente estandarizado como Pica lo encontramos repetido en Mamispica (en el sector de Huatacondo), en el Morro de Pica, situado al Sur del volcán Miño; y en la Cruz de Pica, cruce de quebradas a unos 50 kilómetros al Oeste de Mamiña. También podría calificar como análogo el río Piga, toda vez que en la lengua quechua se confunden fonéticamente la “c” y la “g”. Por ejemplo, las crónicas coloniales recogen pronunciaciones indígenas que se refieren indistintamente al soberano del Tawantinsuyo como Inca o Inga.

Y no deja de intrigarnos la existencia del topónimo Pica en el sector costero, partiendo por una caleta que el mapa de Bollaert y Smith (1832/18519) denomina “Gully of Pica” (bahía de Pica) y la sitúa frente al Cerro Carrasco, al Sur de Pabellón de Pica y antes de Punta de Lobos o Punta Blanca.

El apelativo de Pabellón alude a que a fisonomía de ese cerro guanero remeda la de una carpa o tienda de campaña y deriva o está determinado por el descriptor caleta Pica.

Y no podemos dejar de mencionar el topónimo Río de Pica, consignado cartográficamente ya en 1601 (Herrera 1601:XXI-48). Al año siguiente se le encuentra como Pisa en Lecrerc y Claes (1602) y en Chatelain (1744).

A partir de Guiljelmo Blaeuw (1635) no pocos cartógrafos lo mencionan como Río de Piqua, pero termina imponiéndose la grafía Pisa, con Jacques Bellin (1745) adelante.

Según la descripción del marino peruano Aurelio García y García, Río de Pica es una quebrada seca “formada por cerros muy elevados que corren para el interior sin separarse mucho, y ascienden desde el fondo de ella sin ofrecer valle ninguno” (García 1863:20-21).

¿Un río sin agua? Imaginamos que en alguna cierta época por esa quebrada escurrió un flujo anodino, a consecuencia tal vez de un violento aluvión (¿si no, de qué otra manera?), evento fluvial que quedó registrado en la memoria social bajo una denominación que se transfirió definitivamente a la caleta in situ: Río Seco.

Para terminar, nos queda rondando la singular existencia histórica de dos entidades geográficas signadas con el nombre Pica: la del oasis y la costera ¿Cuál de ellas es la originaria?

Braulio Olavarría Olmedo

Referencias bibliográficas:

Bellin, Jacques: Carte Reduite Des Mers Comprises Entre l’Asie et l’Amerique Apelées, Bellin, 1745. https://www.google.com/search?

Blaeuw, Guiljelmo: Americæ nova Tabula. https://www.bibliotecanacionaldigital.gob.cl/bnd/631/w3-article-350470.html.

Chatelain, Henri Abraham: Tipvs orbis terrarvm 1744. https://www.meisterdrucke.com/kunstwerke/1200w/Abraham%20Ortelius%20-.

Claes, Cornelis (1602): “Descripción de Olivier Van Noort du Penible Voyage Faict entour de l’Univers ou Globe Terrestre”.  https://www.raremaps/gallery/detail//48718.

Cuneo Vidal, Rómulo: Historia de la fundación de la ciudad de San Marcos de Arica. Impreso en el Perú por Gráfica Morom S.A. 1977.

Cuneo Vidal, Rómulo: Historia de la civilización peruana. Historia de los cacicazgos del Sur del Perú. Impreso en el Perú por Gráfica Morsom S.A. 1977.

Fernández de Oviedo y Valdés, Gonzalo (1556): Historia General y Natural de las Indias y Tierra Firme del Mar Océano. Primer y segundo semestre. Imprenta Universitaria. Santiago de Chile. 1936.  https://archive.org/details/generalynatural01fernrich/generalynatural01fernrich/

García y García, Aurelio: Derrotero de la costa del Perú. Establecimiento Tipográfico de Aurelio Alfaro. Lima, 1863. https://archive.org/details/bub_gb_R6RBAAAAYAAJ.

Herrera, Antonio de (1601): Descripción de las islas de Tierra-Firme del Mar Océano, que llaman Indias Occidentales. En Historia General de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firma del Mar Océano.                                                                                                                            

Larraín B., Horacio y Víctor Bugueño G.: Presencia de un ayllu de camanchacas en el puerto de Iquique en el siglo XVII. Revista de Geografía Norte Grande, 50: 7-21 (2011). https://repositorio.uc.cl/server/api/core/bitstreams/cc7c8598-da69-4ff3-86cc-8f9f72547847/content.

Medina, José Toribio (compilador): Real cédula o provisión real en favor de Antón de Cerrada, dándole el derecho de usar escudo de armas (Archivo de Indias 70-4-39). Colección de Documentos Inéditos para la Historia de Chile, tomo VI, XLII,. 1896. 

Moragas, Cora: Los antiguos pescadores en la costa iquiqueña. En “Evolución cultural de la costa y pampa de la Provincia de Iquique”. Publicación del Museo Regional de Iquique y Corporación Municipal de Desarrollo Social de Iquique. Sin fecha de publicación.

Núñez, Lautaro: Recuérdalo; aquí estaba el lagar: la expropiación de las aguas del valle de Quisma (I Región). Revista Chungará N°14, septiembre de 1985. Universidad de Tarapacá, Arica-Chile. http://chungara.uta.cl/Vols/1985/Vol14/Recuerdalo_aqui_estaba_el_lagar.pdf.                                                                         

Sepúlveda, Marcela, Valentina Figueroa y José Cárcamo: Pigmentos y pinturas de mineral de cobre en la región de Tarapacá, Norte de Chile: Nuevos datos para una tecnología pigmentaria prehispánica. file:///C:/Users/Usuario/Documents/BAJO%20MOLLE.

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