Pisagua en tiempos de González Videla

El 22 de enero de 1948, un escueto comunicado militar anunciaba que Félix Morales Cortés, de 35 años, profesión pintor dibujante, domiciliado en Iquique, 21 de Mayo Nº 454, falleció en Pisagua. Morales se encontraba en ese puerto en virtud del Decreto Supremo Nº 11 del 13 de 1948 del Ministerio del Interior. A los días después muere el que fuera intendente de Iquique, Angel Veas.

¿Quién era Félix Morales Cortés? Era antes que nada, un poeta comunista que murió en Pisagua, en los tiempos en que González Videla decidió cancelar sus compromisos políticos con el Partido de Recabaren. En otras palabras fue víctima de la aplicación de la Ley de Defensa de la Democracia, que fue comúnmente conocida como «Ley  Maldita».

Pisagua en 1948, asume públicamente su lugar en la historia chilena, como campo de concentración. Pero, no hay que creer que sólo en esa fecha adquiere esa fama. Ya en la revolución balmacedista de 1891, Pisagua había sido lugar de reclusión, tal como lo relata Anselmo Blanlot en su novela Revolución.  El primero de abril de 1925, llegan relegados a Pisagua los suboficiales del Ejército Olegario Apablaza, Luis Gallardo y F. Arellano del disuelto regimiento Valdivia. Como se podrá apreciar, la caleta, cuyo nombre puede ser traducido como “dormida entre los riscos”, tiene el perfil que lo liga a la muerte, la desdicha y la tragedia.

Sobre el campo de concentración del año 1948, existe un elocuente testimonio de un relegado (Muñoz 1990: 57), y en la literatura Volodia Teitelboim en su Pisagua, una semilla en la arena, presenta un macizo testimonio de lo allí ocurrido.

Sin embargo, la triste fama de Pisagua habría de alcanzar nivel mundial, cuando en 1973, el general Pinochet da el golpe de Estado. El 30 de octubre de 1973 son fusilados Freddy Taberna, José Sampson Ocaranza, Juan Antonio Ruz, y Rodolfo Fuenzalida. A otros se le aplicó la llamada «ley de fuga», como es el caso de Luis Lizardi y Marcelo Guzmán. Todas estas muertes, fueron ejecutadas sin ningún apego a la norma vigente, y en la  mayoría de los casos obedecieron más que nada a un afán de venganza, como fue el fusilamiento de Freddy Taberna.

Sólo en junio de 1990, y gracias a la labor del juez de Pozo Almonte, Nelson Muñoz, se logró dar con la fosa donde se encontraron veintiún cuerpos. El resto de los cuerpos, sobre todo, el de la dirección del Partido Socialista, encabezado por Freddy Taberna sigue siendo un misterio.

Héctor Taberna, hermano menor de Freddy, en una dolorosa y emotiva prosa escribe acerca de las horas  previas a la muerte de su hermano, cuando se despiden, dice:

«¡¡Cómo olvidarlo!! si esos minutos parecieron segundos. No supe cómo había llegado el momento de la despedida. Fue un abrazo fuerte. Prolongado. De amor. De calidez. Sin lágrimas. El último abrazo para de una de las personas que más admiraba y amaba: Freddy Marcelo -Mi Hermano-» (Taberna 1990: 100).

A los cuatros condenados a muerte, esa madrugada del 30 de octubre de 1973, Taberna la recuerda así:

«Los cuatro compañeros se abrazan entre ellos. Envueltos en un abrazo fraterno, solidario, revolucionario… Es un abrazo que encierra toda una etapa de injusticias; de golpes; de electricidades; de sangre derramada; de llagas y de dolores; de hambre, de torturas, de humillaciones. Es un abrazo que está encerrado para siempre y por siempre la impotencia. En este abrazo, que se vislumbra lleno de muerte, en el que se refleja la luminosidad de la vida, en suma, en un abrazo socialista, mierda» (Taberna 1990: 102).

Una vez fusilados, Héctor Taberna escribe:

«Te imaginé- y así lo dijeron ellos, después-, sin venda, enfrentando al pelotón, cantando un himno revolucionario: -La Internacional-, dijeron unos militares… ¡no!, La Marsellesa, consultaron otros militares. -Cómo no saben de himnos revolucionarios» (Taberna 1990: 103).

Han pasado veintitrés años del fusilamientos de la Dirección del Partido Socialista de Iquique, y los cuerpos siguen sin ser encontrados. Nosotros no sabemos donde están. Pero los militares si lo saben.

La historia de Pisagua como campo de concentración proseguiría, años tarde, cuando el año 1984, a fines de octubre, se empieza a reacondicionar este puerto como lugar de reclusión. El Obispo Javier Prado Aranguiz jugó un rol preponderante en la defensa de los relegados. Su testimonio sobre lo allí sucedido es más que elocuente (Prado 1990: 116). Dice el Obispo:

«Una vez más Pisagua dejaba un triste recuerdo.  El Pisagua que conoció momentos de glorias. El Pisagua que conoció el esplendor  de la época del salitre, ese mismo Pisagua conocía la humillación  y la vergüenza, ciertamente menor en esta circunstancia que la que se había vivido diez u once años antes como lo hemos podido  trágicamente comprobar en estos últimos días» (Prado 1990: 116)

Pisagua es pues, la conciencia que nos recuerda diariamente que los proyectos políticos populares, que las demandas populares y el sueño de una sociedad más justa, pueden tener como destino a este puerto-caleta. El fatalismo que nos persigue como pueblo, tiene en Pisagua su altar mayor. De allí que la frase de Luis González, en su novela «Los Pampinos», parece referirse a los iquiqueños:

«Y, sin embargo, ahí estaban ellos, tensos los nervios, abrumados de presentimientos funestos los espíritus, aguardando lo imprevisible» (González 1956: 300)

Pisagua

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *