Klub Ayahuazka: Rock con Aliento Patrimonial


​Cristian Ortega Caro
Equipo Tarapacá en el Mundo El Klub Ayahuazka es una banda que a sus pocos años de andar, ha producido además de un disco (“El imperio del Dragón”) una serie de material audiovisual –en youtube se puede ver-. Su propuesta no deja de ser rock, más o menos, convencional: bajo, una mandolina eléctrica, batería, también eléctrica, y un frontman con guitarra acústica.

El sonido punzante de la guitarra (que no es tal), es una mandolina eléctrica. Ayahuazka es “Rock con mandolina”: Canatrán (Ricardo Padilla), de pasado teatral, payaso, malabarista, gestor cultural, educador popular, actor-músico y también rockero se apropió de su mandolina sicodélica a partir de su origen pentecostal (o algo así): de pequeño que el instrumento lo viene acompañando y en esta ocasión, si uno no lo ve en vivo, creería que es una “Gibson”.

La puesta en escena la conforman cuatro personajes que, en la performance, representan parte de nuestra realidad, de nuestra historia y cultura: un Tinku (Danielonko Montaño), quien es además el vocalista y letrista principal; en medio de la presentación ritualiza, invita y llama a alguien –a los abuelos, al tata-inti, a la pacha-. Un dragón-luchador (el baterista, Carlos “Kiur” Aguirre), quien usa una batería electrónica, que se suena como batería convencional y que además incorpora, gracias a la tecnología, una ambientación de fondo; el thelos que toda representación-dramatización necesita. El payaso (Canatrán y su mandolina), la dimensión festiva y carnavalesca de Tarapacá e Iquique; por supuesto que el Gran Circo esta en él.  Y el Encapuchado (el bajista, Mauricio Olivares), representación de la protesta y la crítica; peñascazo directo a los pacos que hoy por hoy, con la muerte de Camilo Catrillanca, se hace más significativa que nunca. El club en vivo, además de música, es dramatización llena de mensajes, ritos y lugares.

“El Imperio del Dragón” sin duda que se trata de Iquique, y más allá de acordes y melodías; más allá de la fusión, la sicodelia y de las influencias: de sonar, en algo, a los “Red Hot” y una voz raspada a lo “Vicentico”,  el Klub Ayahuazka busca algo, algo persigue y sus canciones son el intento de la respuesta: una propuesta espiritual, “hacer el camino” hacia el equilibrio integral, holístico o lo que sea; conocerse a sí mismo, trascender, dar un pasito más allá del materialismo mundano. Junto a ello, el Klub advierte de su realidad inmediata; Iquique, la pobla, la pasta, el barrio. Por la otra, el origen indígena de Tarapacá; aymaras, quechuas, el pachakuti y el tata inti.

Sus canciones, entre rimas, chuchadas y buen “wua” de mandolina sicodélica, algo nos muestran de todo aquello y, sin quererlo, hacen un particular rescate patrimonial: sus letras expresan nuestra historia, nuestra identidad, nuestras virtudes, también nuestra miserias: racismo, clasismo, pobreza: “El Arenal”, “Blanko a la parrilla” o “Waranguito” conforman una mezcla entre ese rescate (sea por la letra o por la melodía), el viaje y la ciudad: muchas veces aparece Iquique, el tata inti, el cerro, la playa. Un rock que más allá de su universalidad, nos remite a una cotidianidad local.

Por supuesto que el Klub Ayahuazka podría evocar muchas cosas más.

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