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Farfullaba. «-¿Por qué? ¿Por qué lloras? Di –y la estrechó en sus robustos brazos.
-No, Dempsey, no, que me haces daño.
-Sí, si –la besaba furioso, trajinándole el busto con las impúdicas manos-. ¿Vamos?
-Otro día, hoy no puedo.
-Hoy, hoy –farfullaba en su oreja.
-Déjame caminar» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 174).

Filarmónica. «Atardeciendo, Jenny se topó con los empleados durante el paseo acostumbrado por la línea. Charla que te charla, llegaron enfrente de la Filarmónica.
Se detuvieron a mirar.
Los obreros, por parejas, hombre con hombre, ensayaban valses y mazurcas, «bailes agarrados», al compás de sus burdos zapatones y al son de un acordeón» (Tamarugal. Eduardo Barrios, 1944: 91).

Foyeque. «El foyeque frenó en un cruce de la huella, levantando una nube de tierra, y Ojito, señalando con el índice una chimenea, empanachada de humo, que parecía clavada en el centro del desierto resplandeciente, le dijo:
-Aquí, aquí compañero. Derechito. No hay dónde perderse» (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 171).

Frunce. «-Perdimos. ¿Qué más da? –respondió él, sobándose el pescuezo. Le dolía el cuello de tanto moverlo de un lado para otro-. ¡Doña Felipa!

-Avise- le contestaron desde la pieza contiguas-. ¿Qué se le frunce?

-¿Le llegaron los estatutos?

-Se comprende.

-¿Sí? ¡Benaiga! ¡Cómo no me lo había dicho! Tráigame dos, entonces» (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 186).

Fumay. «Ureña y Garrido, bastante diferenciados de sus compañeros, charlaron de sus cosas. El sol del mediodía caldeaba la atmósfera. En la puerta de la fonda, numerosos obreros continuaban embuchando mote con huesillos.

-¿Cómos ve usted la cuestión? –inquirió el huaso.

-¡Preguntita! ¿Para qué hace preguntas tontas, iñor? Bien no más tiene que presentarse –agregó, sacando del bolsillo del pantalón una cajetilla de cigarrillos «América» -.

¿Fumay?

Ya lo tuteaba» (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 174).