​Mujer y Borracha: La Tonta Juana


De figura alta y enjuta, cabellera despeinada y ojos perdidos en vaya a saber uno qué sueño o pesadilla, la tonta Juana se caminaba las veredas enmaderadas de este puerto que supo vencer el olvido.

Juana era tal vez la seña más precisa de su identidad. Lo de tonta, habrá sido por su afición al vino o porque tal vez, veía grifos cuando todo el mundo decía que eran gigantes.

Loca, a lo mejor, pero la Juana, destartalada como ella sola, me acompañó en mis horas previas al sueño. Se nos asomaba al doblar la esquina cerca del Mercado o bien rumbo por Tarapacá hacia abajo contrariando las normas de la ética de la época. Una mujer borracha era mucho para ese entonces, un Iquique de treinta mil personas.

La Juana era morena, a lo mejor era aymara, pero en ese entonces no conocíamos esa expresión. No había Conadi tampoco. Abolivianada, era el adjetivo más certero y más discriminador. Sin embargo, bien lo sabemos, durante la infancia se perpetran pecados capitales, aún en Iquique que sólo era capital provincial.

El calificativo demente era sólo para los ilustrados, o para aquellos que teniendo dinero, escondían al loco bajo las siete llaves de la vergüenza. En ese entonces, creo, el único psiquiatra de Iquique era un boliviano, el Doctor Ramos.

En la tonta Juana concentrábamos todas nuestras agresiones. Era el chivo expiatorio de nuestro males. No había entonces pasta base ni marihuana, aunque de tarde en tarde se descubrían laboratorios clandestinos de cocaína.

La larga falda negra de la tonta Juana y sus zapatos de tacos gastados, de tanto vagar por ese Iquique inhóspito, se habrán detenido un día cualquiera. A lo mejor, un domingo por la tarde, cuando el tedio le ganaba al fútbol, un pariente la habrá peinado por última vez; continuando con la vieja tradición le habrá sacado sus raídos tacos, para que no se sientan sus pasos, si se decide volver, de vez en cuando a esta vida, a penar. Pero, no lo creo, la tonta Juana arrastra ahora en quien sabe qué vida, su figura llena de vino tinto y esa mirada perdida que ya encontrará el destino de sus locos devaneos. Salud Juanita.