
Eran otros los años nuevos y la ciudad era otra. Tal vez más amable en la que todos nos conocíamos o al menos eso pensábamos. En casi todas las cuadras los vecinos encendían fogatas, pensando en que el pasado era ya cosa del pasado. Otros quemaban al Rey Momo que simboliza un personaje poco querido, un político, un comerciante. El cielo se teñía de rojo y los pájaros escapaban lejos de la ciudad
Las casas mantenían sus puertas abiertas. Siempre llegaba alguien que venía a saludar . Era un ritual que se tenía que realizar para mantener la amistad. Frecuentemente era la preparatoria para la fiestas en algún local, por lo general, una cancha. Se bailaba hasta cuando salía el sol, bailar cumbia era lo más usual además de uno que otro bolero o vals. La música tropical sobre todo de Cuba y alrededores en la voz de Dámaso Pérez Prado se imponía con un ritmo distinto.
Iquique era una pista de baile tan grande como El aeropuerto de Cavancha. Las diversas orquesta despertaban a nuestra ciudad del letargo post-salitrero.
El regreso a casa era un desandar de los bailes de fin de año . El año nuevo comenzaba del mejor modo en que Iquique se movía mejor : bailando y mostrando la ropa nueva comprada para la ocasión.
En los barrios populares siempre había un plato de comida para un invitado que llegaba sin avisar. Fue el caso de Curinche querido por todos y a quien nadie le negaba un plato de comida. Se ganaba el dinero haciendo el aseo de las casas sobre todo en encerando y pasando la virutilla. El año que se iba se llevaba lo bueno y lo malo.


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