La pandemia puede abordarse desde alcances estructurales, económicos, sociales y políticos, o bien desde la cotidianidad y las estrategias, cálculos y negociaciones que han hecho las personas de forma individual, familiar o colectiva para cuidarse y sobrevivir. La problemática radica en la descontrolada evolución del coronavirus que genera una enfermedad infecciosa, la que, dadas las formas de contagio, pone en cuestionamiento la conducta, el comportamiento y la interacción, promoviendo el aislamiento y rompiendo con la cercanía o el contacto entre las personas. Las medidas que se toman nos ponen en escenarios similares a los que dejan las guerras o enfrentamientos civiles, así también las catástrofes naturales, por lo que el nivel de impacto psicológico y emocional es alto, todos de hecho ya estamos dañados. Hay que agregar, además, el fenómeno de cambio climático, todo lo cual conforma un marco hostil de habitabilidad, lo que transformará las culturas y la relación con la naturaleza.

En los medios masivos esta situación se ha difundido desde dos visiones: por un lado, la tragedia del virus (contagios, muertes, crisis sanitaria) y, por otro, la épica de una sociedad solidaria (ollas comunes, cajas de alimentos), lo que, sin embargo, invisibiliza elementos como el manejo de cifras legítimas y válidas, las formas de medición, testeo y trazabilidad, además de las decisiones de confinamiento o desconfinamiento, las que han sido criticadas por su base economicista y no sanitaria, lo que ha generado distanciamiento entre la ciencia y la política.

La pandemia provoca impactos diferentes en condiciones socioeconómicas distintas. Los segmentos de mayor vulnerabilidad sufren peores consecuencias. Se hace evidente una crisis en los sistemas de salud pública y redes asistenciales, así la crítica recae sobre el actuar de los Estados y sus enfoques actuales en conflicto: crisis del biocapitalismo, extractivismo, neoliberalismo. Esto prioriza la necesidad de construir ciudadanías democráticas efectivas y sistemas públicos de salud integrados, donde no solo actúen de forma específica equipos médicos, paramédicos o de rescate (a veces extrañamente incluso fuerzas armadas), sino toda una estructura institucional protocolizada que involucre gobiernos regionales, municipios, juntas de vecinos, organizaciones sociales y las familias.


Héctor Solorzano