La pretensión de la sociología en el momento en que nace como disciplina, es dar cuenta de cómo la sociedad se organiza y en algunos casos, de descubrir las leyes que rigen su movimiento. La Ley de los Tres Estadios de Comte es una de ellas. Es la época en que las ciencias naturales gozaban de un prestigio bien ganado. Parecerse a ellas era la intención.

La sociología tuvo sin embargo, horizontes territoriales que la marcaron hasta el día de hoy. Primero fue Europa y luego los estados nacionales. Alemania, Francia, Inglaterra por sólo nombrar algunos. La naciente modernidad era su espíritu.

A lo anterior hay que sumarle sus propias fronteras disciplinares. A pesar de que los clásicos tenían una formación que desbordaba esos límites artificiales. Tanto antropólogos como sociólogos leemos “Las formas elementales de la vida religiosa” de Durkheim, lo mismo sucede con las obras de Marx, Weber y tantos otros.

Hay que adicionar las fronteras de género. La modernidad patriarcal impidió que las mujeres se expresaran, mediante la publicación de libros o de conferencias. Paso a paso, la agenda sociológica se va anchando y el pensamiento de las otras y de los otros territorios claman por expresarse. En América Latina, la teoría de la dependencia, la teología de la liberación, la educación popular, la investigación participativa, el pensamiento indígena, el pensamiento feminista, animan la necesaria y pronta superación de la colonialidad. Una sociología latinoamericana, una necesaria y verdadera interculturalidad de todo tipo, son temas que nos, obligan a repensarnos.

La sociología del Norte Grande, debe dar cuenta de las fronteras impuestas por la guerra del Pacífico que nos separó de nuestros hermanos de Perú y de Bolivia. Nuestra sociología es cruzadora de fronteras. Las migraciones, desde fines del siglo XIX, así nos han enseñado. Por lo mismo, debemos movernos tal como nos enseña el pueblo andino, de modo vertical de arriba hacia abajo y viceversa y utilizar de modo creativo los recursos en cada uno de esos nichos, animado por la necesaria reciprocidad, esa que Mauss llamó Don y que por acá se llama ayni.


Bernardo Guerrero