Iquique

El “Diego de Almagro” ha despegado desde Antofagasta para enfilar directamente hacia el mar, adentrándose 30 kilómetros más allá de la costa y para venirse a 1.500 metros sobre él en dirección a Iquique. No es esta la ruta que me había tocado presenciar en otros viajes aéreos, siendo, indudablemente muy superior a otras, desde el punto de vista panorámico.

La inmensa mole de los cerros desiertos aparece ahora en toda su tremenda majestad cayendo verticalmente sobre las aguas quietas de este maravilloso día de invierno.

Ha sido demasiado fugaz el traslado desde la zona fértil hasta la del desierto – la de las mañanas tranquilas, como políticamente la ha bautizado Benjamín Subercaseaux[1] – para que nos libremos de experimentas la sensación de fatiga y sed que provoca así, de repente el espectáculo.

Todo nos parece exacto en la sucesión de escenas que surgen al paso del bimotor. La presencia de “Pabellón de Pica” que semeja exactamente una glorieta enclavada en el cerro, trae consigo, recién, una pequeña novedad y, sobre todo, una gran satisfacción. Ya estamos muy cerca de Iquique…

Las líneas clásicas de la península de Cavancha y ya volamos por encima de nuestra ciudad, en el semicírculo reglamentario que precede a los aterrizajes.

Las nuevas construcciones sobresalen y se destacan nítidamente, provocando halagadora sensación entre quienes deseamos y creemos no solo que esta tierra no morirá, sino que habrá de resurgir.

Ya en tierra me parece notar marcada tristeza entre los habitantes: se diría que aquí la gente era más alegre y demostraba mayor dinamismo en sus actitudes. Parece que todos caminaran apenas resignados y con el pesimismo de quien no aguarda ya mejores días. Pero es indudable que esta impresión la provoca el recuerdo tan cercano del tráfago de las arterias de Santiago.

Recorriendo la ciudad me parece encontrar mayor desaseo en las calles y un lamentable abandono en sus jardines, cuyas plantas y árboles se ven horriblemente mutilados por el paso de voraces insectos que han destruido sus hojas sin que nadie haya impedido su presencia destructora.

Con la llegada de la noche y la aparición de las primeras luces, las calles se han animado y ya no creo notar mayor diferencia con el Iquique que dejé hace dos años. Compruebo con satisfacción que son enormemente exageradas las noticias que circulan en la capital sobre el éxodo que aquí se ha producido y la ruina que asolaría a todo esto.

Comienzo a abandonar el pesimismo que estas noticias habían causado en mi espíritu y me siento contagiado con el entusiasmo que dos días atrás me había demostrado el talentoso diputado por esta provincia, Radomiro Tomic. Recuerdo nuestra última entrevista y su seguridad en el triunfo. Este parlamentario será, acaso, el más brillante que hayamos mandado desde hace muchos años.

Encarezco a mis lectores que quieran imponerse mañana, en estas mismas páginas de los detalles de esta entrevista que les dará la seguridad de saber que hay alguien que trabaja con tanto tesón como inteligencia por los destinos de nuestro pueblo.

Joaquín Brito Letelier.

El Tarapacá

Martes 26 de agosto de 1941. Año XLVII, n°15361, p.3.


[1] Benjamín Subercaseaux “Chile o una loca geografía”

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