Santiago Humberstone. El padre de la industria salitrera

A fines del año 1974, la firma Campbell, Outram y Cia., dueña de la Oficina San Antonio de Zapiga, pidió a sus agentes en Gran Bretaña el envío de un ingeniero competente que viniera a poner mano en la producción de la Oficina, ya que sus pobres resultados no eran ni siquiera para salvar los costos de elaboración.

No fué poca la sorpresa de los jefes de la firma, cuando el año 1875, acompañado de don Roberto Harvey – delegado del Gobierno peruano en la zona salitrera – se presentó en las escalinatas de la Administración un viajero y dió su nombre: Santiago T. Humberstone, y agregó estos datos además: ingeniero mecánico y químico, nacido en Dover, Condado de Kent, el 8 de Julio de 1850. Tenía entonces al llegar a la pampa 25 años, imberbe de aspecto, sólo unas cuantas pelusas rubias decoraban su barba y su bozo. ¡Cincuenta años más tarde su perilla y su bigote estaban blancos como la nieve!…

Ellos imaginaron que vendría de allá un hombre “adentrado” en los años y cierta sonrisa escéptica miró desde el primer momento la labor en San Antonio del joven Humberstone, pero que desapareció cuando en dos años de trabajo aquello cambió fundamentalmente.

Entonces sus servicios fueron solicitados por la Compañía Agua Santa, cuya oficina principal construyó, implantando en ella el Sistema Shanks, que al poco tiempo debía hacerse universal en la elaboración del salitre.

Fundada en definitiva la Cía. de Salitre y Ferrocarril de Agua Santa, don Santiago fue su Administrador General y tenía que serlo. Caminos, líneas férreas, procedimientos técnicos, construcciones de campamentos, etc., etc., todo era obra suya.

Y ya en plena labor constructiva, vino entonces su obra social, traducida siempre en el deseo de brindar las mayores satisfacciones y comodidades, tanto a empleados como a obreros, especialmente a estos últimos. Deseaba que estos practicaran deportes, que gustaran de la música y del baile, honestamente como él lo concebía., y se fundó de acuerdo con sus deseos la famosa Filarmónica de Agua Santa, donde se dió tiempo  después un gran baile en honor de don Pedro Montt, cuando como Presidente electo visitó ese centro salitrero.

Cuando los muchachos aguasantinos empezaron a practicar fútbol, regaló la primera pelota y estimuló con significativos premios los primeros triunfos de los clubes de la oficina y cuántas veces a pleno sol y acariciándose la perilla permaneció tardes enteras presentando reñidos partidos, como también muchas veces visitó los campamentos de la Cía., oyendo los reclamos y subsanando injusticias, aunque no premeditadas, pero al fin y al cabo injusticias…

Una mañana divisó desde los corredores de la Administración a una carretera que cagaba enseres caseros en un campamento cercano. De inmediato inquirió lo que sucedia y luego vino la explicación: “a un particular de mal vivir se le despedía de la oficina con mujeres y tres hijos”. Don Santiago fué hasta allí; los pequeños tiritaban de frío – eran 6.30 de la mañana – y la madre con una menguada chalina se cubría parte del rostro, mientras el hombre, hosco y sombrío, estaba afirmado a la carreta.

Con su castellano suave, don Santiago a quien parecía que el cuadro que tenía ante sus ojos lo había emocionado, dijo dirigiéndose al sereno: – ¡Pero estos niños no pueden irse por la pampa con este frío y sin desayuno tal vez… ni la señora tampoco se va, caramba!… había cierto temblor en su voz y encarándose con el hombre le preguntó si deseaba marcharse; no hubo respuesta de parte de él, pero habló la mujer, diciendo que el alcance que eran unos cuantos pesos en fichas, apenas si podrían vivir tres o cuatro días en Negreiros…

Una breve orden y los “monos” volvieron al cuarto y el hombre siguió a don Santiago – a indicación de éste – hasta la Administración.

¡Veinte años trabajó Bernardino Moya en Agua Santa y nunca más fue acusado de mal vivir!…

Así era don Santiago, bondadosamente comprensivo. Su sentido social y humano, comprendía todos los errores y sabía de sus pasiones, de quienes con él formaban una sola familia en el desierto inmenso, ingratamente estéril de espíritu, pero rico en emociones y tragedias…

Y otras veces espiritual y gracioso como en este caso: una tarde llegando a Negreiros en compañía de un ingeniero, se encontró con un grupo de obreros que desplegando una bandera roja, daban gritos libertarios y que arreciaron cuando lo vieron a él. Se dirigían a las oficinas cercanas para hacer propaganda.

Don Santiago interrogó amistosamente al que portaba la bandera y que hacía de jefe de grupo: – ¿A dónde van con esa bandera colorada… que venden carne?

¡Quién no sabía antes que una bandera colorada era la señal en los puestos de abasto!… Y de ahí lo gracioso de su chiste…

Cogido de sorpresa el abanderado no supo que contestar, y todos los demás también tomados de sorpresa por la salida de don Santiago, lo observaron sonrientes, luego se alejaron cantando un himno libertario.

Durante varios minutos éste quedó contemplándolos, y como acariciándolos con la mirada. ¡Había vivido la mayor parte de su vida en la pampa y había aprendido a querer a los obreros con todos sus defectos y también con todas sus virtudes!… Los apreciaba como trabajadores incansables, sobre todo en aquellos tiempos en que las jornadas – podían llamarse con propiedad de “sol a sol” – y aún más, cuando la pampa se teñía de sombras, regresaba la última carreta, rechinando lastimosamente sus ruedas, como quejándose de todo y detrás de ella el particular rezagado, que aún después del duro trabajo tenía humor para entonar aquella nostálgica canción que les dedicó un poeta, que supo mucho de sus pesares y de sus alegrías:

“Triste como su destino
duro como su faena,
se está muriendo de pena… …
el corazón del pampino…”

Cuando tenía 79 años don Santiago Humberstone, el conglomerado de la Industria lo jubiló como recompensa a su enorme labor de más de 50 años trabajando incansablemente por la prosperidad de la misma industria salitrera, que tantas satisfacciones proporcionó a quienes por espacio de medio siglo estuvieron en la pampa tostándose al sol inclemente del desierto!…

Se vino entonces a vivir a Iquique, rodeado del afecto de su familia y acariciado por la mirada cariñosa de todos los habitantes de esta provincia, que nunca olvidaban ni olvidarán lo que don Santiago hizo en bien de ella, haciendo brotar la riqueza en esa pampa inmensa, donde muchas veces, entre el humear de las chimeneas y el explotar de los fulminantes, durmió acurrucada la leyenda y el misterio…!

El año 1934. la Cía. Salitrera de Tarapacá y Antofagasta acordó rendirle un caluroso homenaje, dándole a la antigua oficina “La Palma”, el nombre de “Santiago Humberstone”, como justo premio a esta jornada de toda su vida. Tenía entonces 84 años don Santiago y hacia 5 años que no visitaba la pampa, pero a pesar de ello, descendió ágil del automóvil que de la oficina Santa Laura lo llevó a la Humberstone. Lo acompañaba uno de sus hijos.

En aquella ocasión, don Osvaldo de Castro en nombre de la Compañía y ofreciendo el homenaje, pronunció estas hermosas palabras:

“Nada más hermoso para vos, en el atardecer de la vida, ver como la obra a través de toda una existencia ha sido justamente valorada por el Gobierno y la Industria, recibiendo el homenaje de gratitud que hoy tiene una forma tan amplia y tan sincera”.

El Gobierno de S. M. B., le acordó una alta Condecoración como es la de Comendador y Oficial de la Orden del Imperio Británico, como un merecido reconocimiento al valioso aporte que supo prestar, no sólo al desarrollo de la industria salitrera, sino que también al acercamiento y amistad que han existido siempre entre chilenos y británicos. Y esta Condecoración le fué acordada cuando Eduardo VIII celebró el 42 aniversario de su natalicio, en su fugaz paso por el trono británico.

Nuestro Gobierno también había reconocido sus méritos y lo había Condecorado con su alta distinción.

Nos fué grato una vez atenderlo en la imprenta; venía al diario en busca de “brandan”, así sencillamente lo llamaba él, gustaba de su charla, porque don Alberto con la maestría del periodista lo hacía que desgranara recuerdo tras recuerdo. Era agradable escuchar su castellano y oírlo relatar su aventura cuando llegó a caballo a la oficina San Antonio de Zapiga el año 1875. Sus ojos brillaban con el recuerdo de aquel episodio tan lejano de su vida: – Nosotros montamos a caballo en Pisagua una mañana – decía. – Roberto Harvey “no podía tomar bien los estribos” y a cada momento estaba abrazado al cuello de su cabalgadura y renegaba y más renegaba del incómodo viaje y del sol abrasador del desierto… ¡Cuánto no hubiera deseado un pedazo de niebla de la Rubia Albidón… Yo estuve riendo todo el camino, aunque no lo hacía mejor que él.

El 1.° de Junio de 1939, don Santiago dejó de existir en Iquique; justamente hoy hace 11 años. La provincia entera exteriorizó su sinceso pesar en aquella ocasión.

Don Santiago Humberstone perteneció a un regio modelo de hombres del Imperio Británico, de recia envergadura espiritual y material, donde el carácter se prodiga en las acciones nunca desmentidas de corrección, que se notan en el hombre desde que da los primeros pasos en la vida y que sólo terminan cuando su cuerpo reposa para siempre. Sus restos descansan desde entonces en el suave y verde sosiego del cementerio Tiliviche.

Osvaldo Guerra.

El Tarapacá, 1 de junio de 1950, página 3.

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