Plaza Arturo Prat

Durante la domiciliación peruana, hacia el año 1877, se colocó en el centro de la mencionada plaza una torre de madera y de fierro bastante sólida y de una altura de 20 a 25 metros, que posee cuatro arcos góticos y una escalinata compuesta de muchos tramos de madera que la rodea por sus cuatro costados.

Como la indicada plaza ha sufrido algunas transformaciones a fin de ensancharla, dejándola en el estado en que se encuentra actualmente, la expresada torre no se encontraba antes en el sitio que hoy está colocada. Estaba muy próxima a la calle Tarapacá, en el punto donde se encuentran las dos vías del ferrocarril de sangre. Solo en 1889, estando de paso una compañía del batallón «Pisagua», con la ayuda de soldados del referido cuerpo, se procedió al cambio de la torre, llevándola al sitio donde se encuentra actualmente.

En la época en que se construyó la torre era alcalde de Iquique el caballero español J. Benigno Posada, que fue también cónsul de España.

Los sobrevivientes de la época en que vivió el señor Posada, nos han referido que dicho caballero, deseoso de perpetuar su paso por el «Consejo Provincial» acordó la construcción de la torre, encomendando esta obra al ingeniero francés Eduardo de Lapeyrouse, que en 1879 desempeñó el cargo de vicecónsul de Francia y el cual acababa de llegar a Iquique. De paso diremos que el señor Lapeyrouse pagó tributo a la muerte a principios del presente año, en la ciudad de Antofagasta.

La torre es sumamente artística; está construida con gran prolijidad, posee un reloj que no funcionó durante muchos años y que sólo fue reparado por el decreto de la Alcaldía en 1904, ejecutando las reparaciones don Emmanuel Merani por la suma de dos mil pesos.

Dentro de los arcos de la torre de ha colocado un monumento de piedra con base de mármol, sobre el cual se apoya el busto del inmortal Arturo Prat. En sus caras se han colocado cuatro medallones que representan las figuras de los tenientes señores Ignacio Serrano y Ernesto Riquelme; del cirujano señor Pedro R. Videla y del sargento señor Juan de Dios Aldea, héroes inmortales del combate de la «Esmeralda». En la parte principal se lee lo siguiente:

Arturo Prat
El pueblo de Iquique, a los héroes del 21
de Mayo del 1879.

Los nombres de los demás valientes que sucumbieron en tal valiente lucha, se encuentran grabados en dos planchas de mármol colocadas más arriba de los retratos de Riquelme y de Aldea.

La tradición nos ha hecho saber que, hallándose antes de 1879, de estación en este puerto un buque de guerra chileno con Arturo Prat, este ilustre marino, visitando un día el monumento, al que poco más tarde iluminarían los rayos de su gloria imperecedera, insinuó a las autoridades peruanas la conveniencia de colocar dentro de la torre el busto de alguno de los grandes hombres de la República del Perú. ¡Cuán lejos estaba el heróico marino de pensar que tal honra se dispensaría en época no lejana a su hermoso busto!

¡Misterios de la suerte!

Posteriormente la torre ha sido pintada de blanco, un blanco semejante al mármol, que le comunica un aspecto más severo, aunque no tan pintoresco como los colores anteriores, que nunca estuvieron de más en una ciudad desheredada por la naturaleza de todos los encantos que a otras regiones ha prodigado a manos llenas. Esta transformación tuvo lugar con motivo del último aniversario del combate, cuya conmemoración hemos tenido la honra de presenciar dominados por la más viva emoción y que describimos en seguida:

Al llamado de nuestras patrióticas autoridades locales, se reúne al pie del monumento, la «Sociedad Veteranos de 1879», llevando a la cabeza su hermoso estandarte; los buques enarbolando su insignia, saludan con el estampido de sus cañones; las fuerzas militares que cubren la guarnición desfilan pomposamente: un coro de niñas envueltas en blancas gasas entonan con timbrada voz el himno nacional que sube al cielo de los héroes como el más puro incienso; mientras que con majestad que emociona el corazón, las bandas militares contribuyen a la gloria del acto. Con imponente gravedad escala hasta el busto de Prat el jefe del apostadero naval, de gran tennue y coloca sobre él la corona de laureles, tejida por un pueblo amante de sus héroes: en seguida suben los poetas, oradores y hombres de letras y cantan bajo el fuego de su inteligencia avivando a cada paso los destellos de la apopeya conmemorará, la gloria de los que llenan el «Templo de la Fama».

Se tiene la idea de quitar de la plaza, la mencionada torre para colocarla en la Plaza «Carlos Condell» y dejar en ese punto que quedará vacío, la estatua de Prat, que trabaja actualmente el insigne escultor nacional señor Virginio Arias, por la suma de $34.000.

Pocas personas de esta capital están de acuerdo con el cambio, porque consideran que la estatua no tiene las proporciones gigantescas de la torre y se insinúa a la idea de erigir una plaza especial al gran marino.

Describiendo la Plaza Prat, que es el orgullo de Iquique, recordaremos que ella fue en un tiempo casi un arrabal. Ha tenido cuatro denominaciones que son: del «Reloj», nombre que tuvo tal vez por existir el reloj de la torre; de «Armas», nombre muy común en las plazas principales de nuestros pueblos; «Veintiuno de Mayo» y «Arturo Prat», su nombre actual.

Los jardines que la rodean fueron trabajados en 1889, siendo Alcalde de esta ciudad don Antonio Valdés Cuevas, más tarde Ministro de Estado y Senador de la República.

La obra costó diez mil pesos y las plantaciones que en él se encuentran son finas y variadas; la Inspección de servicios municipales a cargo del honorable caballero señor don Ramón Ramírez, no descuida jamás si prosperidad, y es por esto, sin duda, que los expresados jardines llaman la atención de los viajeros. Están rodeados por una reja de fierro bastante alta y sólida. El piso de la plaza es de cemento romano y las avenidas de ésta son espaciosas y rodeadas de magníficos sofás y de gigantescos pinos que por su antigüedad evocan el recuerdo de los pasados tiempos de Iquique.

Al poniente se halla erigido un kiosko de fierro, sólido y elegante, dónde en días determinados por la superioridad militar, se dejan oír los suaves acordes de guarnición de esta ciudad.

Al costado sur se encuentra el Teatro Municipal, que tiene a su izquierda la Sociedad «Empleados de Tarapacá» y a su derecha el Club Alemán, el primero que se fundó en Iquique y que data del 13 de mayo de 1873.

Nuestra impresión respecto del coliseo es favorable y nos ha traído a la memoria los teatros de Santiago y Valparaíso. Fue construido en 1889 y antes de esta época existió en el punto dónde se encuentra actualmente la Casa de Correos y Telégrafos en la calle Bolívar, teniendo su entrada frente a la Iglesia Vicarial, entre la imprenta de EL NACIONAL y el edificio que hasta hace pocos meses ocupó la imprenta de LA PATRIA.

Su interior es muy elegante, tiene bellas y finas decoraciones; no menos diremos de la fachada que, aparte de muchos detalles que la prestigian, ostentan cuatro estatuas que representan: La Poesía, la Música, el Genio y el Arte.

En los días de funciones, la Compañía de Bomberos de turno, cuida de él con mucho celo y sus mangueras serpentean discretamente los pasillos de foyer.

Todos los años recibe en su seno a reputados artistas. Con frecuencia se ve hacer alto en él, a compañías, que de vuelta de Santiago se dirigen a Lima y otras ciudades de América. Últimamente ha funcionado la dramática que dirige el actor don Miguel Muñoz, que tuvo la honra de ser elogiada por la prensa del Plata, antes de su venida a Iquique.

En épocas anteriores el coliseo ha recibido en su escenario a personajes de teatros tan renombrados como, Antonio Vico, Clara Della Guardia y otros; y a transformistas e hipnotizadores tan populares como Onofrof y Frégoli.

Con motivos de las últimas Fiestas Patrias, el Municipio cedió espontáneamente el teatro para que se verificara en él el suntuoso baile que ofreció la sociedad, por cuyo motivo se hicieron grandes arreglos que dieron ocasión a que la fiesta resultase lucidísima.

Al costado Este se encuentran edificios particulares sin importancia; a excepción del de la imprenta de LA PATRIA y la casa que habitó el gerente de la Asociación Salitrera Alemana señor Eduardo Framm, quien abandonó está ciudad a principios del año actual, después de haber reunido una fortuna respetable. En verdad que esta casa es construida en un estilo agradable que embellece a la plaza. Posteriormente ha sido ocupada por los señores Clark y Bennett, de dónde procede el cónsul de la Gran Bretaña, quienes han establecido en ellas las oficinas de sus vastas negociaciones comerciales.

Al Oeste existe un pequeño comercio compuesto de joyerías, peluquerías y tramperías, en medio de las cuales se encuentra el «Hotel América», morada y punto de reunión de los artistas que trabajan en los teatros de esta ciudad.

Poco más allá y en la cuadra siguiente, se encuentra el Club Español, fundado el 12 de febrero de 1892, cuyo estilo morisco y decoraciones interiores, nos hacen recordar a la casa de San Telmo de los Duques de Montpensier en Sevilla, o al Palacio de la Alhambra en Santiago, del malogrado estadista don Claudio Vicuña. Cuenta con una lujosa cantina, un hall con piso de mosaicos, una vasta sala de billar, un salón para las reuniones del directorio o ceremonias de otra especie, una sala de lecturas, a la cual puede tener acceso todo el que no solo sea socio, sino que el que pague una cuota mensual de cinco pesos. ¿Y quién que ame la ilustración, la única que dignifica y da importancia a los hombres no paga ese insignificante impuesto? En nuestra opinión está biblioteca vive como un tesoro hallado en un desierto, porque en ella encontramos obras de eminentes escritores ; una hermosa colección de «La Ilustración Española y Americana», que con tanto éxito fundó en Madrid en 1859 Abelardo de Carlos Almanza; «L’Ilustration» de París, escrita por amenos y distinguido miembros del Parnaso francés; las obras completas del inmortal Julio Verne y una infinidad de libros filosóficos, naturalistas y novelescos, diarios y revistas, nacionales y extranjeras. A la fecha el hermoso club se halla dirigido por el señor don Manuel Risueño, de nacionalidad española, que desempeña a la vez el honroso cargo de Cónsul de Colombia.

Pocos pasos más allá del citado Club, se encuentra la Fotografía Italiana de don Giuseppe Termini que es la mejor y la más elegante de Iquique.

A inmediaciones de la anterior, se levanta el Club Peruano, todavía en construcción y el cual a pesar de esto, ha sido hermosamente estrenado el 28 de julio último, con motivo del aniversario de la Independencia de la República del Perú. El estreno fue dignamente honrado con la galantería del cónsul señor Manuel María Forero, que es una personalidad distinguida, consagrado al foro y a vastas negociaciones comerciales. En este acto, que nos pareció sumamente agradable por la cordialidad que reinó entre chilenos y peruanos, el señor Forero hizo lujo de exquisita amabilidad, para con el centenar de personas, que a la sombra del pabellón peruano y bajo los himnos que con tanta maestría ejecutó la banda del «Regimiento Carampangue», se bebió una copa de champagne en honor a su hermosa patria.

El secretario del club que existía en el mismo sitio donde se levanta el nuevo, fue consumido en octubre último por un voraz incendio, que destruyó la casa comercial del señor Caffarena y envolvió en sus furias el descarnado cuerpo de un chino, que recostado en su lecho, dormía bajo un manto de opio, en un «café» que poseía casi a los pies del club y dónde se encuentra instalada actualmente la sastrería del «parisiense» señor Juan B. Moulat, la preferencia de la bigh life de Iquique.

Al costado N. se encuentra el Club Inglés, fundado el 20 de febrero de 1886. Su fachada como su interior están en armonía con el carácter grave de los británicos. Posee dos salas de billar y una cantina que brilla por su orden y su aseo y un pequeño salón de lectura con un estante para libros en el cual no se encuentra abundancia de obras literarias, pero creemos que las pocas que existen son producciones de resaltantes genios del Parsano inglés, lo suficiente para entretener el pensamiento en esta capital de tantos afanes comerciales.

Tomado de “La Ciudad de Iquique” de Francisco Javier Ovalle,  Iquique, 1908, página 185.

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