Sofanor Tobar

1902-1973

Prólogo

Se meció la cuna del poeta entre blancura y yodo, en la salitrera Santa Lucía de Iquique, “la dormida en el camino” según la significación aimará y allí supo desde su más tierna infancia del antiguo laborar de los plateros de Huantajaya y de los changos que desafiaban el mar en sus pequeñas embarcaciones fabricadas con cueros de lobos. En su solar natal tierra para gente brava y luchadora, para brazo firme en la faena del caliche, para ojos que dominan la extensión de la pampa y sus toscos estandartes de raídos tamarugos: para almas triunfadoras sobre el más difícil avatar; para hombres y mujeres que amasan sobre la yesca su esperanza y su destino. Es ese el signo que marcó su nacimiento, el apoyo primordial de su estructura de hombre y de escritor.

Niño aún, siguió a sus padres a Antofagasta, ciudad en la que transcurrió su adolescencia y en donde dio término a sus estudios ingresando posteriormente a la vida laborar en el banco de Chile. Historia y leyenda del Norte Grande poblaron su imaginación con un bagaje de profunda chilenidad que afloró después potente y espontánea en su recia personalidad literaria de poeta de lo nuestro. Aquél tránsito vital se encuentra precisamente reflejado en su abundante producción poética porque Sofanor Tobar es tierra y espíritu nortino. El mismo lo expresa con orgullo al esbozar una síntesis autobiográfica que traduce, por lo demás, la firmeza de su carácter, su actitud frente a la vida, la explicación de las sonoridades de su lira:

“Mi padre nació en la Rinconada de Los Andes y mi madre en “El Peñón”, al interior de Ovalle; juntaron sus corazones en la Pampa del Tamarugal… Voy diciendo que soy viento caliente que recorre el desierto; soy caliche; soy cuarzo en las sierras escarpadas; soy chuca, ese polvillo que corre y no tiene consistencia; soy puna por lo seguidor; soy camanchaca; bien pude haber sido un ojo de mar que el tiempo convirtió en salar; soy cerro por lo macizo y tranquilo; cardón por lo sufrido…” No precisa decir más. Todos sabemos quién es: un poeta chileno y prolífico, un amigo de noble maderamen, un escritor que siente y piensa, y que, lo más importante, actúa de una manera consecuente a sus principios, sin falsos ropajes; un mensajero que transmite con vocabulario directo las vivencias populares porque sabe perfectamente cómo piensa, siente y actúa el hombre de Chile a lo largo de todo el territorio y porque, como aseguraba Gracián: “Lo bien dicho se dice presto” y así lo hace Sofanor Tobar haciendo también cierto aquél otro pensamiento de Cervantes: “La pluma es la lengua del alma”.

Y digo esto porque Sofanor Tobar comenzó después a caminar por nuestra geografía en dirección al Sur, primero por razones de su cargo que lo llevaron a Santa Cruz, Concepción, Victoria, Temuco, Valdivia… Acogido a los beneficios de la jubilación, no detuvo su ritmo de andariego y es difícil que haya un rincón del país que él no conozca en su día y en su noche de trabajo, en sus alegrías, en sus penas, en sus decires. De allí que se capaz de interpretar acertadamente a todos y cada uno de los prototipos de nuestra población sea éste el huaso, el roto, el porteño, el minero, el jornalero, el atrevido lobero de los mares del sur, el pescador, el empleado de oficina o el inquieto marinero. Extrovertido como pocos escritores, llega fácilmente al alma popular,  bebe su su claro contenido y lo esculpe después en un verso que no precisa de inútiles adornos porque tiene el sólido respaldo de la verdad desnuda.

Con la misma solvencia con que camina por la tierra transita en lo afectivo por los senderos de la amistad, el amor, la fraternidad y la filantropía. De allí entonces que en “Somos hermanos”, por ejemplo, analice las razones de su canto afincado no en meras teorías sino sino en lo concreto que son los americanos, países con una misma historia, idioma, sangre, pasado y porvenir. Es pues su poema un llamado a la hermandad americana, su verso no es una súplica, es un razonamiento, a la vez una prédica y un alerta.

Pero volvamos al encuentro con Sofanor Tobar con lo chileno. Decía que ha recorrido todos los rincones de la geografía patria captando el modo de ser de nuestra gente y lo ha logrado en tal profundidad que los personajes se mueven y reaccionan en su verso con un realismo neto, concretando aquella frase de Francisco de Quevedo de que: “Como el pincel retrata los cuerpos, la pluma pinta al vivo las virtudes de los ánimos”; lo hace, asimismo, con agrado, acaso pensando como Sthendhal que: “El placer de escribir es el mismo de leer, sublimado por unas gotas más de intimidad”.

En “Viejos Verdes”, Sofanor Tobar reafirma todo aquello, revalida su sello costumbrista, deja establecido que su vitalidad poética permanece en efervescencia de volcanes y que su experiencia se haca cada vez más valiosa en esto de presentar la vida en su esencia, cómo se desatan los impulsos primarios y cómo se sublima el hombre en determinados instantes de su existir.

Amigo lector, aquí está Sofanor Tobar con su veta riquísima en pensamiento y actuación de pueblo, conoce a tu gente por su verso, recorre en su compañía los senderos del alma popular para desentrañar los misterios de su filosofía.

Darío de la Fuente D.

Del prólogo de  “Viejos Verdes” Poemas chilenos. Segunda Edición.

Arancibia Hermanos. Santiago de Chile. Sin fecha.

Las manos del “Che”

Ché Guevara… ¡Ya te fuiste!

pues tu voz la silenciaron,

con una bala a mansalva

y en Bolivia te enterraron.

Temerosos de tus manos…

¡Tus manos las mutilaron!

¿esas que fueron arietes!

que en arengas te ayudaron

y también fueron certeras

¡Cuando el fusil empuñaron!

No contentos con tu muerte

¡Cobardes!… ¡Te las cortaron!

Te mutilaron las manos…

¡porque te siguen temiendo!

¡Levántate de tu tumba

con tus muñones sangrientos!

¡Con tu boca deformada,

pero siempre dando aliento!

¡Con las manos de la idea

enarbola el pensamiento!

¡Y tu cara demacrada

muéstrala siempre sonriendo!

¡Que las juventudes sepan

sigue en pie tu movimiento

¡Esas reliquias del mundo

en venta van ofreciendo!

¿Pueden comprarlas si quieren

si así se quedan contentos!

Su cuerpo para nosotros,

¡Está tan solo durmiendo!

Pero su alma ¡No duerme!

¡Pues ella sigue viviendo!

¡Y las palabras del Ché

el eco va repitiendo!

¡Para que el mundo se entere

que el Ché no se está pudriendo!

¡Otros que están ¡Podridos!

¡Podridos siguen viviendo!

¡Allá van por los mercados…

¡Pestilentes y mugrientos!

¡Mercaderes y Rameras!

gritando a los cuatro vientos,

¡Quién da más por estas manos!

sin eco su ofrecimiento.

Son las manos del “Ché” Guevara

¡Al que le siguen temiendo!

¡Despojos con vida propia!

¡En eterno movimiento!

¡Cobardes!… ¡Muertos en vida!

¡Que de llapa están viviendo!

Tomado de “Viejos Verdes” Poemas chilenos. Segunda Edición.

Arancibia Hermanos. Santiago de Chile. Sin fecha. pp 40-41

Yo soy

Mi padre fue rancagüino

de allá de La Rinconada,

La Rinconada e Los Andes,

para mejor ubicarla.

Mi madre fue coquimbana,

nació allá en El Peñón,

al borde del Río Grande,

mirando onde nace el Sol.

Juntaron sus ilusiones,

en las duras salitreras.

¡Donde las ansias se agrandan!

y se queman sus quimeras

Tarapacá fue nido…

y llegamos por goteras

¡Trece fuimos en total!

¡Cuatro cruzamos la meta!

Yo soy viento que ruge

allá en el Tamarugal,

También soy piedra caliza,

también soy sal de salar.

Viajo con las ventoleras…

¡Qué van barriendo mi pampa!

pues soy tierra que recoge

y despeña en las quebradas.

Yo soy la flor del cardón.

que sólo pueden mirarla,

se clavarían muy hondo

si pretendieran cortarla.

Soy el fruto del pimiento,

el que solitario canta.

¡Soy como el caliche en bruto,

que cubrió de oro mi Patria!

A veces yo soy plegaria

¡Perdida en los cementerios!

o llanto de viuda o niño

o sólo el ladrar de un perro.

Soy el lisiado que avanza,

guiado por sus misterios.

¡El que no murió en la pampa!

ni se perdió por los cerros.

Soy piedra suelta perdida,

donde no pasa el sendero,

y a veces de pensar tanto,

me voy transformando en cerro.

Soy pampa que no han hollado.

¡Ni siquiera los mineros!

Soy el piar del pollollo

cuando abandona su huevo.

Soy el Sol por lo indomable

y la Luna por lo bueno,

de tanto ceder terreno,

estrella por lo pequeño.

Yo soy el soplo de vida,

cuando despierta la pampa

y soy el dejo cansado,

de la noche cuando avanza.

Soy el dolor y la carne.

¡Soy el grito dolorido

que se perdió en el desierto,

ese que nunca fue oído!

Yo soy lágrima furtiva,

motivo de incomprensión;

¡Soy el consuelo del roto

que solo se consoló!

¡Yo soy dolor retenido!

¡grito que no salió!

Soy agonía pampina

¡Protesta que se atascó!

Soy seguidor como Puna,

y tranquilo como ella,

porque sigo al traicionero,

tranquilo y sin dejas huellas.

Soy la costra que gotea,

cuando ya se asoma el alba;

Soy la gota temerosa

que dejó la Camanchaca.

Soy el brillar de los cuarzos,

en las vetas escarpadas;

Soy tronco de cardón viejo,

desafiando las heladas.

Soy duna, de la engañosa,

la que tupido viaja;

p’al que la pisa una vez

¡no vuelva nunca a pisarla!

Perdido por los desiertos,

yo soy el ojo de mar,

al que el viento y los siglos,

los convirtió en gran salar.

Yo soy el rastro de mula,

que fue marcado sufriendo,

aunque el tiempo lo borró

su esfuerzo sigue viviendo.

Yo soy el ripio reseco,

que quedó mirando al cielo,

conversando sin hablar,

en su idioma con el tiempo.

Yo soy calichera vieja,

que se quedó abandonada,

ansiosa de barreta y pala

de mulas y madrugadas.

Yo soy el alma que vaga,

de los que allá se quedaron,

y el alma de los que viven

y a su tierra la olvidaron.

Yo pertenezco a ese mundo,

se llama… ¡Tamarugal!

Puede ser una montaña,

o tal vez ojo de mar;

Quizás una ventolera,

piedra suelta o un salar,

Puna traidora y dañina

o quebrada p’a sombrear.

¡Yo nací en el Norte Grande!

¡Allá en el Tamarugal!

Tomado de “Viejos Verdes” Poemas chilenos. Segunda Edición.

Arancibia Hermanos. Santiago de Chile. Sin fecha. pp 59-63.

El asado al palo

¡Ya viene el asado!..  Lo anuncia Don Galo

¡Ya llega el aroma d’el Asado al Palo!

Un cordero indiano ha sido dorado,

en dos asadores pedidos prestados.

Los aliños criollos fueron preparados,

¡Para darle sabor al jugoso Asado!

Cebolla en plumita… Ajo machacado…

Cilantro… Vinagre… y ají colorado…

y el fragante aliño… ¡Pebre Cuchariado!

que ya saborean… ¡Bolseros e invitados!

¿Y e vino? ¡Ya viene! ¡Ha sido comprado!

Hay tinto y del oro ¡Chipiado al contado!

Los vasos se llenan, luego son vaciados,

por sedientos que beben ¡Como contratados!

Chinas hermosas de rostros tostados,

portan azafates de papas colmados…

¡Todos se aprestan con cuchillos en manos!

¡Se chupan los labios por anticipado!

La casa está llena de gente invitada…

y algunos amigos al saber la nombrada…

También han llegado, escondiendo el sombrero,

el grupo infaltable… ¡Los eternos bolseros!

a esos que nadie había invitado,

pero que matemático, no faltan a ningún asado.

Los perros del barrio… ¡También han llegado!

al rastrojo de huesos que quedan tirados.

Mientras tanto los gatos arriba del tejado,

miran a los perros medio desconfiados…

El perro de la casa… ¡Aúlla agitado!

P’a que no moleste, lo tienen amarrado.

Aún el cordero no está bien asado…

pero algunos frescos… ¡Valientes y osados!

cortan un trocito por anticipado…

con su pat’e cabra que habían llevado,

Con gran disimulo, cortan otro trozo…

piden un pancito… como temerosos…

se alejan un poco… ¡Los desfachatados!

para pedir un vinito… ¡Así!, “p’a callao!”

¡Está listo el asado!… ¡Ya lo están sacando!

camino al mesón… ¿Jugoso y chorreando!

La dueña de casa con gran delantal…

empuña el cuchillo… ¡Y empieza a trozar!

Una vieja nerviosa, con voz de matraca,

entre risas pide… ¡Un plato de papas!

Un gordo reclama… ¡Comadrita… Una buena pierna!

Una vieja flaca comenta… ¡Ay niña y yo tan enferma!

Autoritario dijo un carabinero…

¡Yo, como autoriá… ¡Lo mejor del cordero!

Un joven coqueto… grácil, cual chiquilla,

lleno de motivos, ¿A mí?… Criadillas…

Ahora… ¿Nadie habla!… ¿Todos ocupados!

Los quiltros miran ya decepcionados…

Los gatos se relamen, como meditando,

arriba del tejado ya desesperando…

¡Ruidos de cuchillos!… ¿Muelas triturando!

¡Platos vacíos!… ¡Sedientos chupando!

Existe una meta… ¡Comerse el asado!

y pedir repetición… por si algo ha quedado.

Todos piensan eso… ¡Ese es su desvelo!

repetirse el plato… y ¡Decir hasta luego!

Los perros, los gatos… ¡Por fin han tocado!

unos cuantos huesos… ¡Bastante chupados!

El perro de la casa…¡Sigue amarrado!

sin esperanzas el pobre de comer asado.

Los dueños de casa… En la mesa sentados…

¡Con las caras largas!… ¡Ni un hueso han tocado!

Unos cuantos huesos que habían sobrado…

y dijo sonriendo con gran desenfado…

“Sobritas que llevó p’a un quiltrito d’el lado”.

Esos que llegaron sin ser invitados…

¡Ni las gracias dieron!… después que bolsiaron.

El perro ni aúlla… ¡Ya se ha desmayado!

lo mareó el aroma de fragante asado.

La dueña de casa de dice a Don Galo:

¿Hacemos mi viejo más asado al palo?

Don Galo ¡Violento! contesta tostao:

¡Váyanse a la mierda! con sus invitados…

¿No hay entre Uds. un nuevo don Galo,

para que nos invite otro asado al palo?

Tomado de “Viejos Verdes” Poemas chilenos. Segunda Edición. Arancibia Hermanos.

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