Luis González Zenteno

Luis Enrique González Zenteno

Nacido en Iquique el 24 de abril de 1909.

Murió en Santiago en 1960.

Inscripción Nº 473 de 1909. Registro Civil Iquique

Hijo de Luciano Segundo González Retamales, empleado y de doña María Mercedes Zenteno de González.

Domicilio a su nacimiento Juan Martínez 374. Iquique.

Fragmento de Los Pampinos de Luis González Zenteno.

1956: 98-100.

Los fantasmas se colaban por  la puerta de hierro, abierta de par en par. Una lámpara señalera alumbraba débilmente la caseta del sereno. Más allá una voz enérgica llamaba:

– ¡Cuadrilla de Gibbs!

Y los fantasmas tranqueban hacia el interior.

– ¡Cuadrilla de North Brother’s!

– Y otros fantasmas sucedían a los anteriores.

Los pasos sonaban traposos en la tierra húmeda. La campana de la Gobernación Marítima    echó a volar sus alegres sones. Era como si la madrugada opaca se anticipara a celebrar      el próximo amanecer.

– ¡Buchanan Jones!

– ¡Lockett Bros.!

– ¡Duncan Fox!

– ¡Nitrate Agencies!

Garrido se metió en la fila (…)

Los rotos hacían prodigios de vigor.

– ¡Pif! ¡Paf! ¡Pif! ¡Paf!

Y los obedientes sacos iban formando las rumas simétricas. El polvo quemaba los ojos y      sollamaba las narices. Sin embargo, el espíritu se erguía liviano, pletórico de satisfacción.

– No gastes energías de más – le advertía Plaza a Garrido, de vez en cuando- Esto quiere     más maña que fuerza. ¿Rochay? Una vuelta de la muñeca, y listo.

Y el saco rodaba dócilmente al sitio escogido.

El aprendiz sonreía.

– Cualquiera diría que tienen patas.

– Las tienen.

Los tripulantes chinos charlaban y fumaban acodados en la barandilla del carguero.   Hombres cadavéricos, de trenzas o coletas, que no cesaban de alborotar en sus endiablado        y grotesco idioma, haciendo coro al bullicio de los voraces palmípedos.

Al mediodía, el almuerzo paralizó la faena. Botes con cocinas, ollas, chuicos y cajones avanzaban a lo lejos, sorteando el oleaje. Un hombre remaba de pie en la popa y una mujer gorda y chascona atizaba el fuego.

– ¡Pucha la vieja! – clamaba alguien atisbando las chalupas, con una mano a guisa de   visera.

– ¡No te hagay mala sangre, oh! ¿Qué sacay?

– ¡Alla viene, oh! ¡Allá viene!

– Sí, verdad, es ella. Aprúrese, iñora, que ya nos cortamos de hambre.

Unos minutos después, estaba bordeando la lancha. El humo del carbón de espino punzaba las narices. Dos muchachos canijos atendían sus órdenes.

Sus anchas posaderas ocupaban un tercio del bote. Desde arriba daba la impresión de una   araña empollando.

– ¡Doña Petrona, el ají!

– Ahí va, demonio.

La fragancia de los condumios perfumaba el mar.

-¿Qué le pasó? – indagó un parroquiano, aludiendo a su tardanza.

– Estos malandrines. Los mandan y no llegan nunca. Una ración. Otra.

Y desfilaban las viandas.

Comer. ¡Divina gracia!

Aún no se ocultaba el sol, cuando las lanchas retornaron al espigón. Los hombres, acodados en los bordes o tendidos en el fondo, atravesaban la ciudad flotante, dorada por el sol. En los pontones, cordenes con ropa blanca agitaban al viento sus banderas de paz. Quiltros esqueléticos ladraban desaforados. El agua espejeante se obscurecía bajo las quillas o recogía el reflejo rojo o blanco de las chimeneas y camarotes. Espuma, basura, suelas, tarros. Un mazo de plátanos verdes flotaba a la deriva. Ellos agotados por la dura labor, guardaban silencio. Su humor festivo de la mañana se había  tornado taciturno.

Garrido acompañó a Plaza a beber una cerveza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fragmentos de la novela Caliche

“En el negocio de los Lozán se apretujaban los parroquianos y los chinos solícitos parecían gladiadores detrás del mostrador. Botellas y vasos chocaban alegremente (Luis González 1954: 37).

“Los indios sentían por la pampa un respeto religioso. Pampa y cordillera eran para ellos expresiones telúricas de una misma divinidad. Allá las dentadas moles, aquí sus llanuras, allá sus dioses monolíticos y temibles, acá sus dilatadas sabanas de arena, protegiendo y aislando los pies de los volcanes, de los extraños y maldadosos hombres de las llanuras costeñas” (Luis González 1954: 49).

“Hombres morenos, chicos, encorvados, buscaron refugio en sus faldeos y rayaron sobre las lisas superficies de las piedras, curiosos signos. El Tata Jachura, sereno, grave, blanca de nieve su cabeza milenaria, exhibía en su tórax poderoso, en su plexo nervudo, en sus bíceps modelados por el fuego de los cataclismos, admoniciones y consejas” (Luis González 1954: 49).

La flor, la flor, Lamar,

nunca quiso ser peruana,

porque los malditos cholos,

tienen corazón de lana… (Luis González 1954: 92).

“Crujió una hilera de casas como los cadáveres aplastados y es escucharon nítidamente las patadas isócronas de las turbinas de la Cía. de Alumbrado  remeciendo la costra dura de “El Morro”, esa costra que a modo de oblonga península dibujaba una ancha cadera al puerto. Las rocas, erizada muchedumbre de cráneos y torsos pétreos, lidiaban con el mar, con su oleaje salivoso de bestia enardecida. Y encima de esa plataforma creada por la mano milagrosa de los cataclismos, los motores fabricando ríos de luz. Por eso apuntaban  en las esquinas las pupilas borrosas de los focos o caía en las podridas aceras la claridad de una ventana. Los chinos, detrás de los mostradores, pulían en suave recogimiento sus abstracciones” (Luis González 1954: 108).

“En San Martín, frente a la Foch, una enorme y abigarrada multitud se alineaba detrás de grandes retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Recabarren. La Timona, alta, huesuda, metida en una bata negra, se movía enérgicamente, fumando e impartiendo órdenes (Luis González 1954: 176).

“En el Casino Español tocaban una pieza de Albéniz y la música, saltando en las puntas de sus pies minúsculos, ponía castañuelas en los corazones. Prósperos comerciantes iberos, habían construido ahí su Alhambra, su solar godomorisco, recargado y pintoresco, con ángeles, majas, soldados y caballeros de gorguera, capa y espada, símbolos de la España aventurera y donjuanesca, católica y militar (Luis González 1954: 186).

“Sin embargo, no le desagradaba del todo, ese italiano peludo, locuaz, de crespos cabellos cobrizos y cara nutrida de tallarines” (González 1954: 9).

“En el negocio de los Lozán se apretujaban los parroquianos y los chinos solícitos parecían gladiadores detrás del mostrador. Botellas y vasos chocaban alegremente” (González 1954: 37).

“El Tata Jachura, sereno, grave, blanca de nieve su cabeza milenaria, exhibía en su tórax poderoso, en su plexo nervudo, en sus bíceps modelados por el fuego de los cataclismos, admoniciones y consejas” (González 1954: 49).

“En la Sociedad Protectora de Empleados retumbaba el palitroque. La ciudad soñolienta, recogía a intervalos el derrumbe de los palos. Velaban los ojos del reloj de la torre, orientadas las esferas hacia los cuatros puntos cardinales y las flores de opulenta y lujuriosa lozanía, perfumaban el aire húmedo. El viento había frenado sus arrebatos” (González 1954: 114).

“Por cierto que aquel lenocinio de asiáticos no tenía nada de agradable y había que apretarse la nariz cuando se cruzaba su umbral. Se evadían del interior las dulzarronas emanaciones del opio y la transpiración china, hedionda a té y a tabaco. Tras los cortinajes de canutillos de abalorios que cubrían las puertas, tras las muselinas de las ventanas, se movían las sombras suaves, de largas y sabias manos y reptaba una música asordinada, propicia al sueño” (González 1954: 117).

“Pasaron sin ver el negocio abierto, y se internaron por el arrabal del Colorado de murallas equilibristas, de harapos y de zinc oxidados, de ventanas tuertas, de puertas colgando en sus goznes, de miseria sucia y tierna. El viento había amainado y la atmósfera se liberaba lentamente de las gasas grises” (González 1954: 120).

“-Tiene su compañera, una buena compañera, y cometió esa chanchada. Se le fué por el lado del teatro. Aquí hacía papeles de galán, el infeliz. ¡Cómo declama bien, impresiona a las chiquillas! Se vale de eso. ¡El arte! -exclamó sarcástico-. Y después queremos hacer la revolución, barrer con la porquería, limpiar el mundo, imponer el reinado de la justicia. Y no empezamos por lo primero, que es ser decentes” (González 1954: 129).

“Iquique era una villa grande, acogedora, cordial, en que los habitantes proletarios se prestaban recíproco apoyo. El sentido clasista se expresaba en los más nobles ejemplos y no era una misterio para nadie que muchas personas no cerraban las puertas de sus ranchos, porque estaban seguros de que nadie entraría a robarles. I.W.W., ácratas y comunistas habían edificado una nueva moral. El tiempo hermoso del apoyo mutuo alumbraba los días” (González 1954: 135).

“A la entrada de ‘El Morro’, lo recibieron los rataplanes del Regimiento Tren. La chiquillería astrosa levantaba nubes de polvo, corriendo en pos de los minaretes musicales que surgían del fondo del caserío” (González 1954: 138).

“Discutieron hasta que el reloj de la Plaza Prat difundió las lentas y graves campanadas de la medianoche, y se comprometieron a reanudar la controversia en una próxima oportunidad, pues como ocurre siempre en estos casos, ninguno se sentía derrotado.

-¡Es admirable este fraile! -comentaba Lafferte, mientras avanzaba por Vivar en dirección a la Foch, rodeado de compañeros-. ¡Con sus condiciones de apóstol podría haber sido un revolucionario de lujo!

Y por su parte, el Vicario, pensando en don Elías, se lamentaba.

-¡Qué gran pastor de almas ha perdido nuestra religión! “ (González 1954: 158).

“¡Que les corten los guargüeros

a los pulpos salitreros!

¡Bichicumas, lameplatos

saqueadores del nitrato!” (González 1954: 175).

“En San Martín, frente a la Foch, una enorme y abigarrada multitud se alineaba detrás de grandes retratos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Recabarren” (González 1954: 176).

 

EL NORTE  GRANDE: SU MEDIO Y SU GENTE

 

Luis González Zenteno

Vital autor de dos de las novelas más interesantes entre las aparecidas últimamente aparecidas, “Caliche” y “Los Pampinos”, LUIS GONZALEZ  ZENTENO (1910: Premio Municipal de Santiago, 1944) ofrece aquí una visión parcial, terrestre y humana del Norte Grande . Con gran  poder de síntesis, afronta la tarea por un flanco sutil; la  influencia  del medio en el hombre, la correlación entre ambos, y las justificables consecuencias psicológicas, ello tratado  en su aspecto colectivo. Sus observaciones adquieren en el transcurso de estas páginas un interés social innegable.

 MEDITACION ANTE EL DESIERTO

 

 

Un mar Pacífico que no tienen nada de pacífico y una tierra árida y gris, seca y desnuda, es la impresión que a primera vista produce el Norte.

En contraste , la impasible Cordillera de la Costa, que sube y baja en suaves ondulaciones y de repente se eriza en una cúspide, rompiendo la monotonía del paisaje. Abajo, la mancha obscura del basalto mordido por el oleaje, y arriba, las pinceladas blancas del guano de las aves.

Uno pienso frente al yermo: “El hombre ha de ser aquí duro como la naturaleza”. Se asocia siempre la vegetación al optimismo y la fertilidad a la  magnificencia. Y, extraño fenómeno, el hombre nortino es cordial y generoso, con la sonrisa a flor de epidermis.

Trazaron caminos y carreteras, tendieron las paralelas de las vías férreas, trepidaron las locomotoras, rugieron los vehículos motorizados y a la vera de la ruto de hierro nacieron los pueblos. Otros, que estaban desde la época de la dominación peruana, cobraron bríos. La mayoría muestra el sello inconfundible de la improvisación y lo transitorio. Un campamento de zinc se arma y desarma por piezas como un juguete. Y de esos juguetes estuvo sembrada la pampa. Y dentro de esos juguetes metálicos sustentados  en esqueletos de madera, vivían hombres. Hombres que practicaban la solidaridad, porque no podían proceder de otro modo.

Cuando el hombre puede correar su propia aventura, es egoísta. Bebe su vaso de vino en una cantina, solo consigo mismo, golpea  a su alrededor ña humana resaca de la civilización. Las ciudades son hormigones. Los pueblos y oficinas salitreros, no. Se llega a ellos como a las islas en medio del océano, a buscar protección, a salvarse de las arenas. De ahí por qué los cuidadores de las usinas abandonadas raras veces tienen armas, Y si tropiezan con un extraño, se regocijan. Es una fiesta.

Esa hermandad la determina el páramo. El páramo, que es un  elemento cohesionador, aglutinante. El páramo alumbra el alma, hace meditar, crea narradores y poetas, originales narradores y poetas que rara vez descubren sus creaciones.  La producción se perpetúa en el papel, porque  al hombre del desierto no le agrada escribir. Y si lo hace, es contra su voluntad. Pero  puede echar a vuelo su imaginación, crear mundos, incursionar en la historia, tejer la  urdimbre de la  fraternidad. La urdimbre mágica. Esto explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, la solidaridad de los huelguistas, el heroísmo de chilenos, peruanos, peruanos y bolivianos durante los múltiples y trágicos movimientos obreros y, correlativamente, el sentido épico de la lucha social.

LA INFLUENCIA DEL CIELO SOBRE EL ESPIRITU

 

 

Si la sutileza eslava es un producto de la estepa, la sutileza del Norte de Chile es la consecuencia del desierto. En las grandes capitales el pensamiento  se obnubila y costa que rompa la costra de las limitaciones que dañan su lucidez. Más aún: el pensamiento lúcido es patrimonio  exclusivo de las élites.

En el desierto, el fenómeno es inverso. La claridad mental es un patrimonio común. También la espiritualidad. Asceta por obligación , teniendo poco que ver  abajo en la bandeja de piedra y arena que le deparó el destino, dirige su vista al cielo.

Maeterlinck sostiene que el hombre, como planta, como la flor, busca  la luz el color. hay una tendencia a subir por los  pétalos, por los ojos. Y  he aquí que un ser esclavo de una naturaleza hostil se extasía ante el juego policrómico de los crepúsculos o la magia lunar.

La pampa árida embellecida por la luna ya no es pampa. Es un milagro de esplendor. Esto en el yermo, en los océanos de piedra y arena. ¿Y qué decir de  los salares, de los extensos salares que como lagos de nieve reverberan?

Transitar por esos ojos de plata de la tierra es emocionante. Porque la sal no está sola. Tiene miles de gnomos invisibles que conversan en sordina. Una pisada, un gemido.

Frente al mar se forjaron los grandes navegantes. Frente al desierto se forjan los grandes exploradores. No es un juego de niños entrar en las sabanas amarillas o grises, con grandes patacones cobrizos o inmensas ojeras ocres, y, sin embargo, pocos resisten la tentación de surcarlas. Porque el hombre busca el peligro y anhela vivir excitantes aventuras. Sentirse fuerte y probar su capacidad de lucha y de sacrificios.

Ya lo hicieron los primitivos habitantes impulsados por la necesidad y continuarán haciéndolo los de hoy y de mañana. Es inevitable. Hay cobre, plato, oro, hierro, azofre, bórax y otros yacimiento en los faldeos. Hay, también, al pie de los contrafuertes andinos, caseríos pletóricos de vegetación, de hortalizas, frutas, ganado y alcohol. El fuerte alcohol destilado en primitivos alambiques y los vinos codpeño, islugueño, piqueño, que recogen su nombre de su lugar de origen.

Pica es famoso por sus vinos generosos. Los entierran en las arenas y los sacan después de varios años de maceración para entregarlos al consumo  como un río violáceo, constelado de rubíes, donde figuran los grumos del azúcar. Codpa tampoco se quedaba atrás en esas faenas. Los mostos envasados en costales bajaban a Arica, a Tacna, a Pisagua, a Zapiga, a Negreiros, para deleitar el paladar de los “rotos” y encender los velámenes de la pasión. Hoy no estarán -lo imaginamos- en los boliches chinos, en las fondas, en las casas de tolerancia, porque todo eso lo aventó el sistema Guggenheim, que trituró los remos de las usinas Shanks, esas usinas que  agonizan en los cantones sur y norte de la pampa de Tarapacá.

EL MALEFICIO  MORTAL DEL ESPEJISMO

 

 

            El rutilante espejismo persigue al hombre  como un espectáculo. Cree el  vulgo que el espejismo es un desvarío, un trastorno mental, el signo inequívoco  de la locura de los cateadores atormentados por la sed, que se extraviaron en el desierto. Y no es así. El espejismo asoma en los atardeceres como una obra pictórica colgada del espacio, nítida, hermosa. Ríos, árboles, animales, casa, extrañas casas con ventanales resplandecientes  están ahí. Minaretes árabes, barcas, véspero juguetón. Ondula el  ramaje. Los animales ramonean cerca del agua plateada. ¡Qué colorido! ¡Qué placidez! ¡Qué tranquilidad bucólica!.

El pampino sonríe. No lo engañará la visión. ¡Bah! Si tiene fresca el cerebro y los pies bien asentados en tierra firme. Y ese espejismo mata con frecuencia. Es cuando los cateadores que iban tras un entierro o un yacimiento minero son desorientados por la puna.  El soroche los ha enredado insensiblemente en sus lianas de  angustia. Una  mano pesada y cruel les oprime brutalmente las gargantas. El baqueano se estremece.

– ¿Volvamos? -sugiere.

– Sí, volvamos -responden ansiosos.

Pero ya es tarde. El calor aprieta y el  cansancio agota. Jadeantes, sudorosos, ven correr el  disco  del sol. Se apaga la lámpara del crepúsculo y viene la noche fría, opaca, de camanchacas espesas. Y ya están los hombres sintiendo los calofríos fabriles. Uno o dos días más, el espejismo

rematará su faena. En el clamor de la desesperación, colgará su cuadro sobre los lomajes y los arrieros no advertirán el maleficio. Irán tras él, esperanzados  y alegres, hasta el instante final.

En la pampa, los montones de revueltas osamentas son el mudo testimonio de la tragedia. Las vértebras se desparraman como dados que el viento pule  y  las arenas cubren y descubren con amorosa solicitud. Los esqueletos de las cabalgaduras fingen delicadas  y blancas armazones de faluchos.

No todos fracasan. Muchos triunfan. Son los que contaron y contarán después los pormenores de la homérica aventura.

EN EL FRAGOR DE LA POLVORA SE  FORJA EL  CARACTER DEL PAMPINO

 

Rebeldía  y fatalismo son los signos característicos del hombre de la pampa.

Lo echan de una faena.

– ¡Bueno¡ ¡Hasta  fuego! ¡Ja, Ja!

Los caminos son anchos. Donde  hay ñeque hay trabajo, y donde hay trabajo hay pan.

La inestabilidad de l industria salitrera es culpa de ello. El Norte es una enorme rueda en cuyos rayos se enredan la miseria y la prosperidad. Wall Street, Londres, París, imponen su mandato. ¡Pero que no se cometa una injusticia! Su conformismo se altera y la risa despreocupada se le hiela en los labios.

Aparece el rostro duro, ceñudo, de piedra labrada, protagonista de las grandes gestas.

En los campamentos  de carrilanos, en los caseríos, en las estaciones ferroviarias, grupos de individuos en cuclillas fuman y charlan. ¿Qué cuentan? ¡Historias de soldados!

El milico haciendo diabluras, engañando a su superior jerárquico, hurtándole la mujer, los cigarrillos, el vino, o, sencillamente refiriendo lo que oyó o leyó sobre la campaña del Pacífico.

La rebeldía pampina se afinca en el orgullo nacional, en su tradición de pueblo guerrero y victorioso “que no aguanta  pelos en el lomo”. Durante muchos decenios el pampino nutrió su imaginación con la leche glorioso de los rataplanes. Esas hazañas le dieron una contextura anímica especial que se revela en los menores detalles. De la tranquilidad a la agresión hay sólo un tranco. Y ese tranco se da en las chinganas o en el trabajo. La pólvora se su sangre estalla. Es la pólvora recogida en  las expediciones bélicas o en la diaria labor.  Un hombre que se tutea con la dinamita no es común. La dinamita se le mete en el cuerpo y en el alma. De ahí por qué el Norte está surcado de huelgas y de masacres. ¡Sangre! ¡Sangre! Rojo licor de la  existencia con  que se riega, del pasado al presente, ese territorio inconcluso donde Dios no ha querido dar  dar  aún su toque definitivo.

En otras partes hay más explotación y menos resistencia. La pasividad ata las manos del campesino y lo doméstica. A medida que la naturaleza se hace menos aspera, el hombre se hace menos agresivo. La fertilidad del agro tranquiliza en el  Norte, la agricultura es solamente una hilera de verdes cicatrices en los oasis  o en los faldeos cordilleranos.

Para el nortino, el ”gringo” será siempre un enemigo, porque es un usurpador. Así lo ve. Así lo siente . Y en la palabra “gringo” envuelve a todos los extranjeros  rubios. Para él son “gringos” el francés, el inglés, el norteamericano, el suizo, el alemán. El “bichucuma” ya es otra cosa. El “bichucuma” es un ser distinto, loco y  desprejuiciado, harapiento y alegre, con el que se puede beber y charlar en franca camaradería.  Y el “bichucuma”, judío errante de los puertos, de repente encuentra su mundo y se aferra a él. Se casa y forma su hogar. Sienta la cabeza, adquiere fortuna y recupera el respeto social. Si la suerte es demasiado  benévola con él, puede ser accionista de industrias o empresas comerciales y mover compasivamente la cabeza cuando un “bichicuma” le sale al paso a pedirle ayuda.

Los habitantes del Norte previenen a menudo al forastero:

– No coma guayabas, que no podrá salir de aquí. Nadie ha podido marcharse después

de probar esa fruta.

Y el advertido se encoge de hombros sonriente, como diciendo: “¡No me venga a mi con brujerías!” Y más tarde lo lamenta. Porque el Norte se prende con dientes y garras en su corazón. Lo convierte  en su cautivo. Es el efecto de la guayaba, del ají, de la caña de azúcar, de las serranías y de sus habitantes. Todo se confabula. Pasan las bolivianas de caderas fabulosas, vivas ánforas de cerámica decoradas de bayeta. Pasen las cholas esbeltas, reidoras y coquetas. Pasa el desierto luminoso y hechicero. Y ya no es posible dejar aquello. Sangraría el corazón.

HOMBRES NUEVOS PARA UNA TIERRA NUEVA

La gente nortina está trenzada de influencias. Se las advierte desde que se pone pie en Arica. ¡Es lógico! ¡Las corrientes de la vida no se detienen! No sabe el viento que aquí termina una frontera y empieza otro país. También lo ignora el nativo que va y viene. Para él, el valle es uno solo, con Tana, Lluta, Azapa, Putre y sus santuarios. El Tacora yergue su frente nevada al norte, majestuoso y sereno como un dios. Sus azufreras dinamizan la región. Mueven las palas mecánicas, los vehículos motorizados, las locomotoras, las grúas. Y traen en el “Chinchorro” -planta de ventilación que hiere el flanco de la ciudad- el aliento acre del vientre  infernal. Y todo aquello -el puño de piedra del Morro, cuadrado y recio como un símbolo de fuerza, la fertilidad de los valles, la riqueza minera y la natural prestancia de sus habitantes- configura un rostro. Arica es tranquila; Iquique, desenfrenada; Antofagasta, circunspecta. En la fineza ariqueña hay muchas gotas de sangre peruana; en el  desenfadado iquiqueño, la muestra inconfundible del cosmopolitismo, y en la gravedad antofagastina, el orgullo de las grandes capitales, en que el traje de etiqueta empieza a ser una necesidad. Empero, hay un nexo común que las une: el embrujo del páramo.

Se le descubre desde que se dejan las gualdrapas verdes de Atacama y se entra en el sueva oleaje de las arenas. El color de los cerros denuncia una nueva zona. Poco a poco la múltiple policromía de los valles y montañas se deshace en puñados de jirones plomizos tirados al azar  sobre la tierra árida. No hay agua y los  vegetales se agotan  de sed, se chamuscan y se queman, para ser, en la inmensidad, una red amarillenta de brazos retorcidos. Duele el alma esa muerte de los arbustos y de  las plantas. Los ojos enrojecen mordidos por el calos. El panorama es otro. ¡Por ahí desfilaron los  los conquistadores!. Por ahí anduvo Almagro cuando quiso identificarnos.Acá hicieron un alto las huestes de don Pedro de Valdivia y, seguramente, en el ojo de plata de ese salar juzgaron y sentenciaron a Pero Sancho de la Hoz. En ese lugar,  tal vez, le diría el Conquistador de Chile después de terribles admoniciones:

– ¡Desgraciado! ¡Te perdono la vida!

Y si se adelgaza  la mirada para reconstituir un pasado más cercano, uno puede adivinar con las pupilas  de la imaginación las figuras escultóricas de don José Santos Ossa y sus arrieros. Hombres empeñosos, de botas y calamorros, tocados con grandes  sombreros, el barboquejo ajustado al cuello, trepando hacia las alturas. Caracoles, Toco, Nebraska, Pissis, Salar del Carmen, revelaciones del ayer. Mulas, odres con agua, charqui, cigarrillos. ¡Y nada más! Que para superar las penurias sobraban fe y voluntad.

¡Cateadores, mineros, grandes capitanes de industrias! Argonautas de la  ambición.

Pampa Unión y Baquedano son hitos de referencia de la meseta.  Antofagasta, en el plan, y arriba, Calama, Chiu-Chiu, San Pedro de Atacama, Toconao. Pueblos indígenas que guardan hermosas historias. Un pasado libre y esplendoroso en que el amo Inca los dejaba crecer y vivir.

El minero baja a Calama a descansar, a refrescarse  en los extensos  maizales que ondulan como un mar azotado por el viento. Juego de las hojas, fuego de  la tierra y risa del maíz. ¡Humitas! ¡Esto es Chile! ¡Sí! La tierra dulzura del choclo acaricia el paladar.

Después, seguir. Asombrarse en “María Elena”. Reconocer los despojos de “Coya Norte” y de “Coya  Sur”. En esta planicie había pequeñas oficinas Shanks que el norteamericano reemplazó por esa portentosa obra de ingeniería que se llama “Pedro de Valdivia”. El salitre cristalizado cae torrencialmente.

DONDE EL PAN ES EL AGUA

 

En derredor, el paisaje gris. Dejemos el tren longino que cabalga sobre las  paralelas del acero jadeando como un perro asmático e internémonos en camión o en  automóvil por la costa. El mar nos saldrá al encuentro. Rugirá incasable, melodioso, ronco a veces, imponente siempre. Los caseríos de pescadores nos darán cuenta de la  lucha del costino, heredero del chango, que no quiso emigrar. Ranchos de calaminas viejas, de sacos, de restos de barcos náufragos, de duelas de toneles, de inverosímiles elementos de construcción. Y unos hombres herméticos e hirsutos remendando redes o calafateando chalanas.

El pan se extrae del agua. El pan es el pescado. En las noches harán fogatas y comerán colectivamente a la luz de las estrellas el rico jurel, la cojinova, el atún, el robalo, la cabinza o el pejeperro, que parece gemir en la sartén.

El indio comenta sentencioso:

–  ¡No ofendiendo congrionato, pejeperrito es mucho mejor!

No falta el vino traído del puerto cercano, y eso alegra ña existencia. Es el Lontué del distante valle sureño que desanuda las lenguas.

PARALELO ENTRE EL HOMBRE Y EL TAMARUGO

La pampa de una sensación de soledad, de abandono. El forastero se siente desamparado. Llanuras interminables, encarrujadas como un oleaje petrificado, con los penachos de espuma de la sal sobre sus crestas. Polvo y calor desde que el sol asoma en el horizonte. Sentados en la cabina del camión, o de pie en la plataforma  del tren, los ojos tristes repasan el paisaje uniforme, el páramo dilatado donde los tamarugos alzan sus brazos nervudos. Al lado, la mula del arriero  tapa el arbusto. Y estos vegetales muestran sus ramazones  en una extensa superficie. Es la Pampa del Tamarugal, la pampa que saliendo de Tocopilla tiende su malla barroca  hacia el norte y se detiene  en La Tirana, en Pozo Almonte, en los aledaños de Tarapacá, antiguo caserío   indígena dormido en el tiempo, católico y supersticioso, con mujeres que atisban por las rendijas y se santiguan cada vez que el clérigo echa a volar las campanadas  admonitoras.

¿Cómo vive el tamarugo? ¿De qué? Nadie lo sabe. De la humedad de la camanchaca, probablemente. De gotas de agua. Por eso es tan magro, tan seco, tan fiero, si cabe la expresión. Y, sin embargo, tan alegre en las fogatas , tan crepitante, tan conservador; ancho de llamas y prodigioso de colores.

Este era el pan de las calderas primitivas, de las  fondadas de caliche cocidas al aire libre, de los primeros experimentos industriales. Centenares de arrieros lo transportaban a las improvisadas oficinas y dieron origen a un próspero negocio, hasta que el carbón de piedra lo desplazó. Mientras tanto, el salitre ya había conquistado los mercados europeos.

Si tuviéramos que buscar un símil del hombre nortino, éste no podría ser  otro que el tamarugo. No el algarrobo ni el molle de verdes y frondosas ramazones, aireados, presuntuosos, chorreantes de resina, sino el arbusto duro y resistente del desierto, al que la arena no ha podido aplastar. Pegado a su suelo, el  hombre soporta los embates de la adversidad, de las inclemencias del tiempo, del sol, de la fatiga, de la sed. Frunce el ceño, se deshidrata y prosigue en su labor. Y cateador o particular, boletero o derripiador, barretero o comerciante, es siempre el mismo, una estampa cenceña y sobria de ademanes y palabras, que no hace alarde de su vitalidad. Vale decir, un tamarugo.

Es el obrero de pantalones encallapados y descomunales bototos, que traspalea el ripio achocolatado y viscoso que cae de los cachuchos. Los carros decauville esperan sujetos a los cables, mientras  el derripiador se arquea y levanta rítmicamente, llenado sus vientres de fierro.

A lo lejos, la chimenea de la oficina fuma imperturbable sus cargas de combustible. Y más lejos aún, el barretero hace tronar  los tiros de dinamita. La carga de explosivos dispara los bolones y las costras, agrieta la tierra y hace oscilar en el espacio un hongo plomizo que el viento deshace.

El particular y el barretero no dan importancia a su faena. Obturan los fulminantes con los dientes, encienden la guía mortífera con la colilla del cigarrillo y salen de cuatro zancadas de la calichera gritando a todo pulmón, con las manos a manera de bocina sobre las bocas.

– ¡Tiro grande, hombriii! ¡Tiro grande, hombriii!

Y este personaje mesurado que se tutea con la muerte con tranquila indiferencia, también imita en las fiestas al coruscante tamarugo. Su cordialidad dicharachera y vistosa se prodiga inagotable. Baila, canta, ríe y ama con fervorosa pasión.

COLOFON

 

En Iquique, la costa dibuja una suave línea ondulada, lisa y pulida como lomos de cetáceo. El puerto, mirado desde la borda del  barco, parece dormir profunda siesta. Pero ésa es la impresión distante. En su interior es diferente. La ciudad bulle. Las casas son caracoles rumorosos. y la Aduana, el molo, el malecón, las bodegas, verdaderos laboratorios.

En Cavancha contemplamos el perfil cambiante de las dunas que se recuestan a la orilla del  faldeo, bajo la raya reverberante de la vía férrea, y oímos el permanente rugido del oleaje que azota su collar de agua y espuma desde el barrio del Colorado hasta las Primeras Piedras, catedrales góticas esculpidas por los cataclismos. Ahí están las loberas, donde las madres  crían a sus hijos hasta que pueden valerse solos. Es una nutrida maternidad. También abundan los pingüinos de severa prestancia, listos para sentarse a la mesa del festín. Muchedumbres de gaviotas chillan  sobre el mar resplandeciente. Algarabía infernal y vital.

Transitando por las calles iquiqueñas, de aceras de tabla comidas por la broma, aspiramos el olor inconfundible de los frutos tropicales de aromas densos y oímos la charla pintoresca de las ventanas peruanas y bolivianas con sus papagayos y pericos:

-¡Levante la pata, m`hijito! ¡No sea malo con la mamita!

Y la respuesta aflautada y melindrosa del pajarraco, que rememora algunas gresca nocturna.

_¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Favorézcanme! ¡Guardián!

Los chicos dueños del  comercio de comestibles: despachos, almacenes, casas de cena. Los españoles a cargo de las ferreterías, los italianos tras las tiendas. Calabreses vendiendo agua en toneles pintados con los colores del reino. Y en los arrabales, junto con la primeras estrellas, el bullicio de los prostíbulos. Olor a los polvos de arroz, a colonia  barata y a licor. En los dinteles, los faroles chinescos haciendo guiños.

¡Escenas de todos los puertos! Managuás, cargadores, fleteros, tiznados, estibadores con sus ganchos de fierro sobresaliendo de la bocamanga. Tipos venidos de los antípodas, mascullando una jerigonza endemoniada y pagando en dólares y musicales libras esterlinas.

La dársena colmada de barcos. Dos osos bailando en el muelle atados de una cadena. El Bar Inglés abierto de par en par. A ratos cordialidad y a ratos trompadas.

En Pisagua el mar se llevó parte de la ciudad y la cambiaron de ubicación. Como recuerdo quedaron los cimientos de piedra donde los chiquillos criaban pececitos. Por ahí  desemboca  Camarones, la quebrada que comienza en cerros de cobre. A los cateadores, maldito lo que les interesaba el rojo metal. Subían a buscar oro y, para no regresar con las manos vacías, traían  sus sacos llenos de sabrosos crustáceos.

El río Camarones es un hilo de agua tibia. En compensación están  los mosquitos que ponen música de fondo al paisaje.

El salitre sustenta esta franja de territorio desde Arica a Antofagasta, mueve el comercio, las grúas, los barcos e identifica al hombre con el páramo. Lo amarra a él indisolublemente. Por  eso, los cuidadores vigilan con fidelidad perruna las Oficinas paralizadas. En cambio, en el páramo está la unidad fantástica del hombre con el yermo, en los brazos retorcidos de los tamarugos y en el espacio ilímite.

Sin lugar a dudas, el Norte es una extraordinaria aventura.

Tomado de Autorretrato de Chile.

Selección de Nicomedes Gúzman.

Zig-Zag.

Santiago de Chile 1957.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mujer desnuda

 

por Luis González Zenteno

Mujer desnuda, flancos de velero,

gaviota gimoteando en la espuma liviana de las  sábanas,

sobre tu cuerpo caen como dos alas rotas,

mis manos que  te tactan la piel húmeda y suave.

Mujer desnuda y ágil como pez en el agua,

vibrante como un dardo y abierta como un surco,

con el pelo trenzado como cuerdas jarcias

y la boca apretada como un rojo molusco.

Abrazando tu cuerpo, sol maduro de efebos,

soy un lobo de mar, capitán de tu ombligo,

arponero desnudo de tu pubis que tiembla

en el vértice  cálido como un monstruo marino.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentario

 

González Zenteno:

Morir de Amistad

      

                                                         por Luis Sánchez Latorre

 

Luis González Zenteno era vertiginoso. Era el vértigo de la amistad, de la literatura, del periodismo. Lo conocí hacia 1944 por mediación del gurú Homero Bascuñan. González Zenteno estaba empeñado en  la aventura  de La Palabra, una revista con la que pretendía reflotar periodísticamente el imperio del  logos.  Peregrino, osado, no temía a las contradicciones. El logos del socialista González Zenteno se fundaba en l valor de las contradicciones dialécticas. Había que oírlo disertar, con su ortopedia de muletillas que no herían los tímpanos: “… Hombre, ah… Hombre, ah…”, incansablemente. Intercalando sus instrumentos ortopédicos entre cada frase para evitar las junturas agresiva, suavizando el camino, haciendo más muelle la penetración de sus ideas.

Poseído por el vértigo de escritura, era capaz de sentarse ante una máquina de escribir y llenar  ochenta o cien carillas en una sola jornada. Así construyó sus novelas. Escribiendo sin parar, noches enteras, mañanas enteras. De modo que el que una semana era proyecto de novelista a la otra era autor consumado de dos o tres libros.

Acaso su debilidad (alguna vez lo conversamos con el gurú Homero Bascuñan) radicara en esta aptitud para la improvisación. “Donde me paro  me pongo a cantar”. Exhibía el repentismo de un Martín Fierro. En ello, típicamente latinoamericano. La destreza innata  para decir a toda hora una canción.

Qué hombre. En días de apetito y jolgorio yo vi entrar y salir, entrar y salir una y otra vez, sin cesar, de lugares -el mayor número- en que era  necesario degustar la propiedad de caldos valiosos. Lo hacía para ponerse a prueba. Y para probar a sus competidores. Al final, perfectamente sobrio -”hombre,ah…”-, se solazaba recordando las peripecias de los que habían do quedando en el camino… Una noche, con Pablo de  Rokha, después de magna pitanza en un local democrático, fuimos a casa del poeta ciclópeo en Bellavista. Allí, De Rokha, desafiante, avisó que su estribo no toleraba las reglas del vaso ni de la  botija, sino los del recipiente mayor, esto es el enfundado en chaleco de mimbre. Delicados, casi proustianos, varios habíamos entregado con precocidad las  herramientas. El maestro  retó: “¿Quién me acompaña?”. Lucho González Zenteno, puntual y discreto, dio la respuesta de Prudencia Navarro: “Aquí estoy, para lo que guste mandar”. Se encargó de velar el sueño de Pablo de Rokha cuando éste cayó vencido.

Pero González Zenteno era algo más que su propio vértigo. Era la condición humana hecha ternura, emoción, amistad. Para él no  había más hermosa estatua que la libertad que la compañía de sus amigos y camaradas. Por ellos era capaz de entregar los últimos céntimos y hasta la camisa si la ocasión lo requería. De allí que nuestros trabajos literarios  surgieron ante él como “obras geniales”. La envidia . el resentimiento, la soberbia, no lo tocarán jamás. Fue grande y puro al tender su mano. El motivo de su muerte, no explicitando nunca para nosotros por la ciencia médica fue uno solo, tofos los sabíamos.;Lucho González Zenteno  murió de amistad. Según sabe, es la muerte más bella. “…Hombre, ah…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El  Funcionario Luis González Zenteno

Recibí el mensaje un sábado cualquiera, pocos minutos después de haber contemplado melancólicamente la dorada mañana, desde la ventana de un décimo piso:

“Pienso en las flores de las ciudades de cemento, en las corolas  de invernadero; en los misterios de la vida  alojados en los nichos cuadrados de los sucios edificios…”

“Allí donde no hay luz solar, pero está la luz neón fría de la electricidad, recorriendo las arboladuras de una fauna extraña”.

“…Donde las horas no son horas: es la eternidad que nos desintegra, que nos mata”.

Así cantaba  la pluma de Luis González Zenteno. Así era el corazón de ese gran compañero, que con su magnífica sencillez nos hacía olvidar el genio, el gran escritor y poeta, mostrándonos sólo su bondad y su excepcional bondad humana. Sus palabras están dirigidas a todos nosotros, a los formaos el”invernadero”: a la fauna funcionaria.

Emocionada le contesté: “Poeta y hermano. Mi caro amigo: Ud. se ha propuesto hacerme llorar, usted estruja el corazón de ave prisionera que agoniza en esta vieja oficina…”Gracias por tu comprensión. Gracias por el paisaje de letras transparentes que me has regalado”.

He querido entregar estos recuerdos en homenaje a la memoria de quien, pese a ser justo motivo de orgullo para la Institución, marchaba con paso anónimo sirviéndola eficientemente, a la par que levantaba un inmenso edificio  literario de valor incalculable. Escribía en un cierto “estado de gracia”, franco,  llano, con bien entendido sentido del humor, criollizando lo científico, sereno y digno hasta la amargura. A porfía del rojo de las pasiones y el negro de las tragedias que narran todos sus libros, la pluma de Luis González Zenteno se sentirá siempre pura, blanca, cuan si la hubiese “entintado” en su propia alma.

Caliche, la literatura abonada

Bernardo Guerrero Jiménez

La narrativa de Luis González Zenteno ocupa un lugar fundamental en la literatura nacional. Nacido el 24 de abril de 1910, el escritor iquiqueño nos legó una obra profundamente arraigada en el norte grande. Sus novelas mayores Caliche (1954)  y Los Pampinos (1956), recrean con trazos seguros y prosa combatiente el movimiento obrero de Luis Emilio Recabarren. En la actualidad su legado es prácticamente desconocido. Esta última novela según Pedro Bravo Elizondo, representa su mayor aporte a la narrativa del salitre.

“La pampa exhibía su soledad, su desnudez, su dilatado y moreno plexo de piedra, tierra y arena tatuada de salares”. Así empieza su cuento “Piratas del Desierto”. La pampa es su obsesión e inspiración.

Miembro de la generación del 38 junto a Nicomedes Guzmán entre otros, creó una literatura con un fuerte realismo. La pampa en sus novelas constituye el escenario natural donde hombres y mujeres lucharon por torcerle la mano al destino.  Alejado de la temática nortina y en su “exilio” santiaguino escribe Una lágrima para el juez.

Fue periodista colaborando en revistas e incluso en el desaparecido diario local El Tarapacá publicó  varias poemas. La crítica Sylvia del Valle transcribe la poesía “Mujer Desnuda” no exenta de influencias nerudianas. Cito: “Abrazado a tu cuerpo/ sol maduro de efebos/ soy un lobo de mar/capitán de tu ombligo/ arponero desnudo de tu pubis que tiembla/ en el vértice cálido como un monstruo marino”.

En marzo de 1955 se publica su libro “Piratas del Desierto” que incluye dos cuentos. El primero que la da nombre a la obra y el segundo “El embrujo del Monte Llamo”.   Estos cuentos prácticamente no se encuentran y constituyen pieza de colección. Sin embargo, el amor propio del profesor de la Wichita University en Kansas  Pedro Bravo Elizondo, lo encontró en una biblioteca de Washington. La generosidad de  este iquiqueño nos permite ofrecer este material a todo aquel que lo necesite.

Luis González Zenteno, fue Premio Municipal de Literatura el año 1956 en Santiago. Murió en 1960. Su obra reclama la reimpresión y la atención de lectores que buscan en la literatura una forma de dar con nuestra identidad, sobre todo de aquella forjada en la epopeya del salitre.

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