Homero Bascuñán

Hombre del Norte Chico, visión del Norte Grande: Homero Bascuñán (1901-1998)

El 24 de septiembre de 1984 Homero Bascuñán ingresó en la Academia Chilena. Luis Sánchez Latorre, alias Filebo o Peys, le dedicó una de sus crónicas, las que luego recopiló en Memorabilia Impresiones y recuerdos (Santiago: LOM, 2000). Recordaba el crítico que Homero, nacido en Tamaya, al interior de Ovalle el 8 de octubre de 1901,  representa al típico escritor formado lejos de toda recomendación académica, ”en circunstancias que los rodrigones de la Academia se escogían en las ésferas más altas de la sociedad y del intelecto (…). Autodidacto puro, apir y veedor de estrellas en el desierto del salitre (…) compañero de andanzas de Luis González Zenteno y Nicomedes Guzmán, tomó en serio su destino literario, sobre todo a instancias de este último, que vio en él a un Istrati, a un Gorki” (46-47).

Con cuarenta años de periodismo en Las Ultimas Noticias, en su juventud conoció las faenas salitreras, lugar donde adoptó su seudónimo. Humberto Cortés no era  literariamente  apropiado para tales tareas. Así lo recordaba, “No fue tarea difícil, pues entre mis vecinos de escritorio en la oficina “Brac” (la que posteriormente dio formación a la moderna Oficina Victoria, – mi nota) tenía donde escoger y regodearme. Y tomé Homero, el hermano de mi buen amigo Ernesto Hurtado, y Bascuñán, de ese rubio cascarrrabias que me distinguía con su aprecio. Y así nació Homero Bascuñán, en las prensa de Iquique en 1933.” (Las Ultimas Noticias, 1982,  “La Historia de un Nombre,” por Ese Valenzuela).

Como lo menciona, en Iquique apareció su “primer pecado literario” Un problema de actualidad, opúsculo de crítica social, 1933; le siguen La rebelión de los árboles, cuentos (Santiago, 1949);  El retorno, novela breve (1962) en las prensas de Ediciones Hacia  en Antofagasta de nuestro Andrés Sabella. Homero Bascuñán la describe como la historia  “de un maucho ovallino en la pampa salitrera;” De los días perdidos (Santiago, 1976) “en las que recuerdo mi infancia tamayina, los días de escuela en Ovalle, mi aventura pampina en Tocopilla e Iquique, los días de cuartel en Iquique y Tacna, y finalmente, lo visto, vivido y realizado en el mundo de los letras, en la capital” (El Ovallino, 1990). Lo que no comentó an aquella ocasión fue la gama de profesiones que desempeñó antes de llegar al periodismo: calderero, albañil, carpintero, panadero, técnico en explosivos en la pampa salitrera. Mejor formación no puede adquirir un buen escritor. Sobre todo en esa extensa faja de tierra que casi toca la Antártica.

Nicomedes Guzmán nos dejó en Autorretrato de Chile,(Santiago, 1966) la bella semblanza de Homero Bascuñán “La Pampa en el Recuerdo,” con la cual todo nortino se identifica, tanto en los sentimientos como en la descripción de lo que resta de la grandeza del salitre en ese vacío enorme poblado de cementerios y restos de oficinas que resisten el viento, los arenales, el frío congelante de la noche y el calor y la luminosidad del día. Dejemos la palabra a Homero Bascuñán,

Es la soledad; es el retorno al silencio del caliche y de la pólvora; es el amortajamiento de los gritos de los hombres esforzados que hicieron rebombar los socavones, debajo de los cachuchos, que echaron a volar gritos de alerta por los llanuras del desierto, que vivaron los nombres de los héroes al quemar la dinamita con que saludaban las fiestas de septiembre.

¡Cuánto no quisieran ellos – los viejos pampinos- decir de esa pampa que a pesar de todo llegaron a querer! Fue un duro regazo y una dura escuela su aspereza gris.. Su suelo les estrujó la vida a cambio de sus sales apreciadas. Sus cerros les ofrecieron mirajes reverberantes en los largos trayectos de una a otra salitrera, cuando en grupos alegres de peloteros fueron a defender los colores de “Galicia,” ”Adriático,” ”Gloria,” “San Pablo”  o  “Argentina.”  Sus campamentos, de calaminas y nitroso suelo, les sientieron agotados por las noches sobre las pobres yacijas, los típicos “patas de oso,” que se improvisaban con cuatro tarros parafineros viejos que se llenaban  de chuca, y una calamina que era el sommier, y encima “las vicuñas”, pobres cobijas en las que muchas veces había retobos y trozos de arpillera. Ese era el lecho en que el pampino humilde “tiraba sus huesos” …y que dejaba antes del alba, cuando el capataz parecía que iba a derribar las puertas a pencazos (54).

Pedro Bravo Elizondo

Wichita, Kansas

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