Andrés Garafulic

Nació en Antofagasta, en 1904. A pesar de sus inmediatas raíces familiares extranjeras fue un hombre de una profunda chilenidad. La conquista de su título universitario, primero, y la vida profesional, después, lo alejaron un poco de esta tierra; pero no así de sus problemas, sus luchas y sus diálogos humanos. Toda su labor literaria está ligada a estas tierras.

Sus cuentos El Delirio, El Mala Cara y Titán Bucyrus, 118 son auténticamente nortinos y pampinos. El último de ellos obtuvo el tercer premio en un concurso nacional abierto por la revista «Hoy», en 1933, y publicado en el número 111 del año siguiente. En 1932, en la Editorial Nascimiento, de Santiago, publicó su novela polémica Carnalavaca, que es el más candente documento de defensa hacia el nacionalismo de la minería chilena, ubicando la acción de la novela en Chuquicamata (Carnalavaca) y con una relación muy clara en la clave de los personajes. Toda su literatura fue de crítica al capitalismo, hacia la falta de visión nacional con respecto a nuestros problemas nortinos y hacia la indiferencia por el hombre que lucha en medio del desierto, en las industrias mineras. Y no lo hizo por actitud política sino por una clara conciencia nacional.

Carnalavaca, olvido frustrado

¿Carnalavaca?

Esta voz insólita, a la que algunos, en el primer impulso de sorpresa o desconcierto, tienden a buscar una acepción rural y ganadera, es, sin embargo, el título de una novela nacional, escrita por Andrés Garafulic y publicada por Nascimiento en el año 1933. El autor nos introduce en el tema quemante, que empuja a su obra a un olvido palmariamente prematuro, apresurado: «Y un mes más tarde, todavía no bien bosquejado el negocio, John Curtiss recibía de Leo F. Blumenthal, la orden de apropiarse del mayor número de pertenencias que con el tiempo y el esfuerzo gigante de su impulsor había de llamarse mineral de Carnalavaca». Leo F. Blumenthal, personaje inspirado, según nos lo advierte sagazmente Mario Bahamonde  (Anales de la Universidad de Chile, Nº 7, 1969), en el financista Salomón Guggenheim, envía un agente suyo a Chile, John Curtiss, con el cometido de estudiar las posibilidades y rentabilidad de las inversiones mineras. Recibidas las primeras informaciones, el inversionista imparte instrucciones ambiciosas y audaces. Estas se cumplen rigurosamente, y así «el mineral -nos relata Garafulic- el mineral norteamericano se puso en movimiento repentinamente, para empezar a nacer envuelto en una gran nube de polvo. No se supo cómo, de la noche a a la mañana, el flanco de la Sierra se rajó para dar paso á un ferrocarril de sangre, de trocha angosta y, a los pocos días, una locomotora flamante, pequeña pero poderosa, reemplazaba a las mulas en la titánica labor de voltear una parte de las llamperas más pobres del Cerro sobre la hondonada para formar terraplenes sobre las usinas. Vagones, vagonetas, locomotoras, tanques, perforadoras neumáticas, motores, hombres, todo fue apareciendo sobre el cerro de Carnalavaca como en virtud de un poderoso conjuro. Ciento cincuenta carretas, en fila interminable, cruzaban el desierto de Tres Puntas a Carnalavaca arrastrando inmensas cantidades de minerales que se exportaban directamente a los Estados Unidos. Carnalavaca, con realidad más próxima y categórica que el alucinante Macondo de Gabriel García Márquez, bien lo advertimos, encubre una realidad geográfica y minera de nuestra Chuquicamata. Y así, el año 1933, el autor deja propuesto el gran conflicto. En su dibujo, acaso resentido por el vigor del sentimiento nacionalista, siempre peligrosamente dispuesto a distribuir las virtudes y los vicios unilateralmente, en una suerte de maniqueísmo internacional ingenuo, y por ingenuo, falso, aparecen, empero, las virtudes foráneas con lealtad: rendimiento, eficacia, organización, capacidad tecnológica, audacia financiera, voluntad denodada en el trabajo. El conflicto, sin embargo, entre ambas nacionalidades -la propietaria y la usufructaria- es el nudo siempre presente y trágico de la novela. Y el hecho de denunciarlo es, asimismo, la circunstancia que lleva la novela a un enérgico olvido. El crítico literario Yerko Moretic puntualiza «A causa de razones obviamente políticas, ha sido olvidada o subestimada por la mayor parte de los críticos». Tiene razón, evidentemente, el prolijo autor de «El Relato de la Pampa Salitrera» en la apreciación que antecede, al señalar las causas extraliterarias que castigan, empero, a la obra de creación artística. El tiempo ha corrido infatigablemente desde 1933. Y hoy que Chile ha llevado a cabo la expropiación de tres empresas cupreras norteamericanas, en virtud de una enmienda constitucional, primero y la correspondiente ley, después ambas aprobadas por la unanimidad de ambas ramas del Congreso; hoy que todos los chilenos seguimos con interés el respeto y la dignidad recíproca con que se conduzca la controversia de intereses (fijación del monto de las indemnizaciones, deducciones procedentes, etc) originadas por dichas expropiaciones, es hora de recordar, en la distancia de nuestros horizontes literarios, entre el polvo a veces denso y de tanto transeúnte trajinador y ansioso, la obra de Andrés Garafulic «Carnalavaca», ese intuidor y anticipado Macondo nuestro, nacido en las laderas precodilleranas del norte, a poco andar después de la franja verde y descansadora de Calama… Quiero decir: conviene ahora vencer o aplastar el intento de postergación: frustrar el olvido en torno de esta novela nuestra, honrada y grande.

La Prensa. 25 de Octubre de 1971. Santiago

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.