Impresiones de un viaje  a Huatacondo

Faltan muchas horas para que empiece a clarear el sol.

La ciudad duerme las fatigas del día anterior.

Como siempre, las candilejas a penas se distinguen entre la neblina.

Rueda silenciosamente un auto por las calles que demandan la altura y en pocos minutos aparece la pampa bajo un cielo más plácido y generoso que el de la ciudad.

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Hemos recorrido cincuenta kilómetros. El viento sur nos pega de frente y de ancho camino, la velocidad sabe a 70, 80 y más kilómetros.

La distancia  es larga, pronto se acabará el buen camino que hay que aprovechar para ganar tiempo.

Pintados carece de alumbrado. Pero no lo necesita a la hora de nuestro paso. La luz de la aurora, tan frágil y diáfana, se adentra más en el alma que los destellos moribundos de los focos noctámbulos.

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Vemos paralelamente al ferrocarril longitudinal. Los resortes dan pruebas evidentes de su elasticidad. El choufeur amortigua maestramente todos los golpes. Es tan bueno don Ricardo, su patrón que no vale la pena zarandearlo ni interrumpirle el sueño sobre el cual se descuelga su cabeza más blanca que la nieve.

El otro acompañante debe mecerle piedad.

Y así vamos por el camino polvoriento dominando desde lejos Brac, Alianza, Bellavista, Iris.

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Ramaditas ha quedado atrás y estamos sobre el campamento.

Giramos a la izquierda por el espacio que queda entre el quinto y sexto poste telefónico a contar desde aquel que ostentaba una plancha rectangular y que más se acerca al paradero. Es el único y, por consiguiente, el mejor guía.

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Y ahora en plena pampa esfilamos hacia el noreste buscando la quebrada de Huatacondo. Sin más rumbo que los lejanos puntos de referencia.

¿Y la huella – el viento la combate sin piedad; la barre y la arrastra a lejanos destinos. La pampa se apretuja en su propia soledad y el auto sigue rodando sobre pido más o menos firme.

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La quebrada es con nosotros.

Nos encajona  y nos apretuja poco a poco a medida que subimos por el fondo cortando el agüita fresca; que no es suficiente para restarle aridez a los parajes.

Suelen aparecer algunas rinconadas en las que se alzan los perales sobre la alfombra  de los alfalfales y esto como para animar la vida del viajero y no perder las esperanzas.

Paso Male es un cajón de piedra y roca viva cuya altura se aprecia mejor mirando cara a cara el sol y qué hermosura hay en sus caprichos naturales y que matices pone el sol en cada roca.

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Huatacondo. Los 130 habitantes, de los cuales hemos descontado los que “andan en viaje” se agolpan curiosos a traídos por las bocinas y la novedad de los que para ellos encierran los autos a los cuales abren camino para que se deslicen sobre las calles de su pueblo que ha cambiado rápidamente su ropaje, como sus habitantes, mientras esperábamos  a la puerta.

Sus pobladores tiene rasgos etnográficos distintos de los de otros pueblos cordilleranos.

Los apellidos españoles son comunes.

Sus miradas inquietas y vivaces escudriñan en nosotros, la agilidad de su lenguaje nos sorprende y parece que en cada palabra de aquellos pobladores, se vaciara el alma mientras su espiritualidad baña todos los rostros.

¿Hay otra herencia racial? ¿Se han fijado más poderosamente los caracteres de los conquistadores? ¿Ha sido más intenso el proceso de transformación? Todo esto ha ocurrido y el tiempo se ha encargado de poner allí un pueblo que está más cerca de nosotros.

Hemos vencido 213 kilómetros y Huatacondo nos da una nueva experiencia sobre la etnografía de la provincia.

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Y como en casi todos los pueblos del interior hay allí una escuela primaria que contribuye  a la cultura de los habitantes.

Los niños son la nota alegre del lugar y se confunden con los  avecinas y las plantas.

Y qué buenos  fueron esos niños y los adultos con la gente que no habían soñado ver sus ojos  y que dejaron en ellos el recuerdo de una visita que pretendió ser grata.

Ortelio Parra P.

El Tarapacá

Iquique, Chile

4 Noviembre 1938, página 3

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