Largo peregrinaje: entre la waka y el santuario

Los chipayas eran uno de aquellos pueblos prehispánicos que realizaban circuitos caravaneros desde el altiplano hasta el inmenso, infinito, lago sinónimo de fin del mundo que es el mar. De acuerdo a relatos que remiten a la más remota antigüedad, sus ancestros acostumbraban acampar en un paraje de la Pampa del Tamarugal, floresta revestida del para ellos mágico color verde y su fronda les prodigaba no sólo sombra fresca, sino también vainas comestibles, las que servían igualmente de forraje para sus tropas de llamos. Tan preciado llegó a ser dicho sitio, que modelaron con paja y barro y posicionaron una imagen de bulto de la waka Tira Tirani (1), vocablo que en su lengua significa “muchos caminos” o, en sentido más concreto, encrucijada vial (2).

La invasión española trastornó el esquema y las interrelaciones político-culturales de los pueblos de tierras altas con sus enclaves de niveles bajos y costeros. Las caravanas llegaron a su fin, no así las incursiones ahora eventuales de los chipayas al espacio sagrado irradiado por su waka Tira Tirani.

                                             Historia de pozos

El Alcalde Mayor de Minas y después Gobernador del Partido de Tarapacá, Antonio O’Brien, era un funcionario de terreno y, más que eso, un acertado observador. En uno de sus recorridos por la Pampa del Tamarugal (1765), conoció el “puquio o pozo de Sánchez”, el “puquio o pozo d Guagama” y otro que estaba inconcluso (3).

Procede manifestar que dichos pozos respondían a los personajes que los construyeron. Francisco Guagama, cacique de Pica; y Pedro Sánchez de Rueda, teniente de corregidor del Partido de Tarapacá. Ambos no sólo fueron pioneros en eso, sino también en emprendimiento agrícola, el  que no puede haber sido sino mediante el método de ”canchones”, habida cuenta de que el suelo es un salar. Anecdóticamente, hay que contar que esos cultivos eran depredados por burros y cabras que ellos mismos criaban. En suma, dos verdaderos colonos del Tamarugal.

Puede que haya sido por no estar ubicado en el camino seguido por O’Brien, que él no reparó en la existencia de un tercer pozo, el labrado por Jerónimo Mayor y denominado El Carmen, vendido en 1766 (entonces funcionaba desde antes de esta fecha) a Santiago Torres, quien poseía barriles y burros «con que despachaba agua al cerro todas las semanas” (4). En otras palabras, proveía de agua al mineral de Huantajaya.                           

En un determinado momento, por razones logísticas, los mineros de Huantajaya deciden procesar buena parte de sus minerales en la Pampa del Tamarugal, aprovechando la abundante existencia de agua subterránea y de leña para combustible, lo que da origen a la instalación de buitrones o canchas de tratamiento para los efectos de molienda con guimbaletes o paradas y de amalgamación con azogue (mercurio). Al conjunto de buitrón y dependencias como bodegas y viviendas, se le conocía como “oficina”.

Tanta vida cobra El Carmen, que ya en 1780 cuenta con un templo y tiene la categoría de Viceparroquia de Nuestra Señora El Carmen del Pozo Tirana, dependiente de la Doctrina de Pica. Por ese mismo año, es atendida por un relevante personaje: Francisco Javier Echeverría y Morales, a la sazón párroco de Pica.

Su iglesia fue construida con arenisca compuesta y gruesos muros; era de una nave, constaba de atrio, baptisterio, sacristía y campanario. Junto a ella había un cementerio (5). No es admisible que haya sido levantada por el acaudalado minero José Basilio de la Fuente, por la simple razón de que éste murió en 1774.  

A esa altura de la historia, los chipayas ya habían dejado de visitar Tira Tita Tirani, como expresa su tradición oral:

Cuando el pueblo creció con gentes extrañas, ya no fue posible realizar esta adoración” (6).  Sin embargo, subsistió aunque levemente modificado, el topónimo original, pues se comienza a nombrar a la emergente población como Tirana.

La creación de esta factoría trae aparejado un fenómeno laboral y poblacional, porque promueve la aparición en escena de agentes indígenas que cumplen roles de operarios, arrieros, aguateros, leñadores, elaboradores de carbón y criadores o pastores de burros y cabras. También están los que trabajan cocinerías y los comerciantes viajeros.

Se presume que en torno al templo de El Carmen trabajadores de ese y otros centros similares, venidos desde la zona altiplánica de Carangas (actual Bolivia), dieron forma a una celebración en honor a la Virgen de Copacabana (6). Es sabido que por esa época se produce la migración hacia Tarapacá de indígenas mineros de Potosí, quienes huyen de la explotación y la mita, encontrando aquí oferta de mano de obra y la posibilidad de laborar como personas libres, factores que estimulan el arraigo (7).

En virtud de la dinámica cultural andina, en paralelo a la festividad debe haber surgido una feria regional e interregional para comercializar e intercambiar productos artesanales como tejidos, cordeles de lana de llamo, ojotas, alimentos y también ganado camélido en pie, aparte de carne faenada de esta especie animal.

Consideramos que no es correcta la idea de que allí surgiera un “culto carmelo”. Conforme a la costumbre colonial de poner el nombre de una advocación mariana o de un santo(a) a las faenas mineras, Jerónimo Mayor denominó El Carmen a su pozo con anterioridad a la creación de la oficina y, por ende, al templo homónimo. Por añadidura, la Oficina San José, de Matías Paniagua e Ignacio Bustos, tenía a su entrada una imagen, no de San José, sino de la Virgen de Copacabana (8).

                                   Correlato de cambios

En 1815, un terremoto deja sumamente averiada la iglesia de El Carmen y entonces se decide trasladar la imagen de la Virgen a un kilómetro de distancia hacia el norte, exactamente al Pozo Santa Rosa de la familia Arias, la que podría ser continuadora del Pozo de Guagama. El arzobispado de Arequipa autoriza construir una capilla. Hay constancia para aceptar que ésta fue inaugurada en 1818.

Sin embargo, en 1820 los vecinos de El Carmen logran rehabilitar su templo y solicitan la devolución de la imagen, lo que es resistido por los Arias, que interponen juicio. Todo parece indicar que el litigio favoreció a los de El Carmen, si se atiende a antecedentes que indican que en adelante en el pozo-buitrón Santa Rosa se celebra una fiesta patronal en diciembre (9). Conjeturamos que estaba dirigida a la advocación de la Virgen de la Concepción. Curiosamente, en el mismo año 1820 deja de funcionar la Oficina El Carmen ¿Razón? La explotación minera ha deforestado a tal punto los bosques, que las distancias para obtener leña resultan antieconómicas (10).

Se suceden nuevos terremotos: 1824, 1831 y 1833, pero aunque pueden haber afectado al templo de El Carmen, hay documentos eclesiales que reportan bautizos y matrimonios hasta el año 1858.

Entonces acontece una situación que plantea un intrigante nudo ciego,  porque ya en 1845 el Pozo Santa Rosa homologa el nombre La Tirana y se constituye en una importante localidad pampina. Tiene una población de 458 habitantes, varios de ellos mineros de Huantajaya o salitreros (11), entre ellos algunos pertenecientes a familias fundacionales del Pozo El Carmen, como Hidalgo, Quisucala y Granadino.

A la sazón, una importante actividad económica que daba vida al Tamarugal eran los “canchones”, cultivos conocidos como “chacras sin riego”. Consistían en pedazos de terreno en que se extraía la capa superficial salina, dejando al descubierto el estrato húmedo próximo al agua subterránea, para sembrar alfalfa, sandía, melones. Se extendían desde el sur de La Tirana hasta Cumiñalla. En total, alcanzaron una población máxima de un millar de habitantes, teniendo como centro La Huayca, que registraba 200 almas.   

Y ya no tenemos noticias de El Carmen, salvo las relativas al año 1877 que entrega el cronista tacneño Modesto Basadre Chocano:

Media legua antes de llegar a la Tirana se halla una antigua y arruinada Iglesia; hoy sirve de cementerio. Más allá se encuentran muchos y arruinados hornos de quemar metales, restos de la época de riqueza de Guantajaya y Santa Rosa” (12). Basadre equivoca la distancia, que es de aproximadamente un kilómetro.

                                  La Tirana, pueblo y santuario

La ya consolidada nueva población de La Tirana registra avances y retrocesos.

El naturalista Antonio Raimondi, que la visitó en 1853, refiere que “de los pueblos situados en la pampa, es el mejor. Tiene algunas casas un poco decentes y bien construidas. En este pueblo hay una iglesia donde viene alguna vez un cura” e indica que hay un solo buitrón, que es de propiedad de José Manuel Riveros (13). 

Obviamente que el cataclismo de 1868 echó por tierra los templos de El Carmen (que desaparece definitivamente de la historia) y el de Santa Rosa. Entonces los vecinos de La Tirana -ahora propiamente tal- se proponen construir un nuevo templo y tal es así que en 1874 el Subprefecto de Tarapacá informa que las iglesias más notables por sus dimensiones son las de Pica, Matilla y Tirana, destacando que pese al estado arruinado de esta última, con una población que no supera las 150 personas, posee un templo, todavía en construcción, que “es admirable por sus proporciones gigantescas en relación al pueblo que lo contiene” (14).

La observación precedente podría talvez desprenderse que en esa época salitrera La Tirana sería ya sede de una festividad de significativa concurrencia.

El ya citado Modesto Basadre manifiesta que La Tirana, “antigua población, centro de residencia de los ricos y numerosos mineros de Guantajaya y de Santa Rosa, es un montón de ruinas, y todo demuestra la más completa desolación. De los cientos de oficinas de beneficiar metales de plata, sólo existe una en tísica existencia; le faltan los metales que le daban vida”.

Sin embargo, remarca que “Los descendientes de los antiguos mineros, sin embargo aún no se olvidan de la Tirana; a sus expensas se ha levantado una muy bonita Iglesia, aún no concluida”. Además, nos hace saber que el buitrón pertenece ahora a un tal Contreras.

Sobreviene un nuevo terremoto, el de 1877, de provoca en las viviendas daños por 1.200 soles. Pero el templo en construcción no sufre grandes averías.

Apenas iniciada la Guerra del Pacífico, una fuente chilena expresa que el pueblo “hoy sólo vive de la venta de leña, carbón para pólvora y el cultivo en pequeña escala de la alfalfa y unas pocas legumbres”.(15)

Bastante ilustrativa es la descripción del estado del templo que entrega un viajero anónimo en 1879:

Una ligera armazón de madera sobre la cual están fijadas láminas de fierro corrugado. Dos pequeñas campanas en cada lado de la entrada da a la estructura una pulcra y adecuada apariencia. El edificio es ciertamente bastante grande para acomodar a los tiraneños, un poco más de cien almas, pero es de suponer que la configuración puede ser incrementada por la gente de las oficinas salitreras”.

Dos años más tarde, José Toribio Medina manifiesta que La Tirana tiene una iglesia inconclusa (16).

Ya en 1883, el Subdelegado de Pica, Ambrosio Valdés Carrera, informa que el pueblo se encuentra “completamente destruido por los terremotos y sobre cuyas ruinas se han levantado algunas casas de miserable aspecto”. Y añade que el templo fue diseñado por el español  Pedro Durán (17).   

La iglesia fue finalmente inaugurada el 16 de julio de 1886. En sus dos campanas se leen interesantes inscripciones. En una: “El Carmen, año de 1807”; y en la otra: “Año de 1818 Dionisia Arias”. 

Una vez incorporado Tarapacá a la soberanía chilena y ya en marcha el proceso de chilenización (o de desperuanización y “civilización”) se repara en la incongruencia de que la festividad de La Tirana tenga lugar el 6 de agosto, día patrio de Bolivia, razón por la cual se traslada la fecha de celebración al 16 de julio y, dato sustantivo, ahora en veneración de la Virgen del Carmen, patrona del Ejército de Chile.

Es de imaginar el trauma que habrán sufrido los devotos bolivianos y peruanos ante la supresión del culto a la Virgen de Copacabana que efectuaban desde el siglo anterior y asimismo lo que ello entrañaba en términos de sentimientos nacionalistas.

No sabemos exactamente en qué fecha se verificaron estos cambios. Sólo vagamente podemos manifestar que la primera mención a la Virgen del Carmen asociada a La Tirana corresponde a 1892 (18).

Mayores modificaciones introducidas por las autoridades chilenas a la festividad las analizaremos en un próximo artículo referente a los bailes religiosos.

Braulio Olavarría Olmedo

Referencias bibliográficas:   

1. Verónica Cereceda: Una extensión entre el altiplano y el mar, página 117. Revista Estudios Atacameños, Arqueología y Antropología Surandinas N°40, 2010.

2. Liliane Porterie Gutiérrez: Documento para el estudio de la lengua chipaya. Amerindia N° 15, 1990.|

3. Antonio OBrien: Plano que manifiesta el plano del valle o pampa de Iluga, 1765.

4. Sergio Villalobos: Juicio por cobro de pesos. Demandante, Jerónimo Mayor; demandado, Santiago Torres. Tarapacá 1766, Archivo Judicial de Iquique, legajo 607, página 3. Citador por Sergio Villalobos en Una economía de desierto, página 183. Ediciones Nueva Universidad, Pontificia Universidad Católica de Chile. 1979.

5. Lautaro Núñez Atencio: La Tirana, desde sus orígenes hasta la actualidad, página 74. Ediciones del Desierto, 2015.

6. Sergio González Miranda: La presencia indígena, boliviana y chilena en el enclave salitrero de Tarapacá: una reflexión torno a la Fiesta de la Tirana. Si somos americanos, volumen 3 N° 2, 2002.

7. María Concepción Gavira: Producción de plata en el mineral de San Agustín de Huantajaya /Chile, 1750-1804). Chungará volumen 37 N°1, 2005.

8. Sergio Villalobos: obra citada, página 198.

9. Davied Jaime y Mario Rojas: Documentos judiciales dan cuenta del fervor por Virgen de La Tirana ya en 1820. El Mercurio, página C 7, jueves 16 de julio de 2020.

10. Luis Castro Castro:  El bosque de la Pampa del Tamarugal y la industria salitrera: el problema de la deforestación, los proyectos para su manejo sustentable y el debate político (Tarapacá, Perú-Chile 1829-1941), página 6. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales Universitat de Barcelona,Vol. XXIV. Núm. 6411 de Julio de 2020.

11. Guillermo Durand Florez: Padrón de contribuyentes del pueblo de La Tirana,  página 154. Revista N° 3 del Archivo General de la Nación. Lima, Perú.

12. Modesto Basadre Chocano: Riquezas peruanas: colección de artículos descriptivos escritos para La Tribuna. Lima, 1884.

13. Antonio Raimondi: El Perú, página 49.

 14.Informe del Subprefecto de Tarapacá, Francisco Llosa. El Peruano, 21 agosto de 1832. Año 32, tomo II, página 152.

15. Boletín de la Guerra del Pacífico: N°6, página 114, mayo 29 de 1879. Santiago de Chile.

16. José Toribio Medina: Una excursión a Tarapacá. Los juzgados de Tarapacá 1880-1881.

17. Oscar Bermúdez Miral: El oasis de Pica y sus anexos, página 71. Ediciones Universidad de Tarapacá. 1973.

18. Diario El Nacional de Iquique, 13 de julio de 1892.

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