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Encurdelo. «Los rostros flotaban en la atmósfera. La obscura cara del negro, torcida y riente; la cabeza de escafandra de Senén Borja; el perfil de pavo de un desconocido que parecía dialogar con su vaso con clery; las máscaras pintarrajeadas de las mujeres, lustrosas de afeites; el cráneo de carbón mineral del pianista.
…para mí ya no hay consuelo, y por eso me encurdelo pa olvidarme de tu amor» (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 191).

Enhiesta. «Cuchareando un picante, preparado y condimentado a duras penas, estaban Sofía y Virginia en los momentos en que la noche se precipitaba, amplia, tétrica y enhiesta, a la vez que empapada de líquidos misteriosos, vientos apelmazados, olores pegajosos, a la vera de los cuchillos torrenciales de las aguas. Los ánimos, habituados ya a los cantos del huracán, acorralaban a la madre e hija en las parcelas de una resignación seca de lágrimas ya» (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 70).

Entenado. «-Si va al Alto, no se olvide de preguntar por el aguja.
-No, no.
Esquivando el viento que azotaba la plataforma, Garrido procuraba entender las palabras del hombre.
-Este es mi entenado. Con él trabajamos.
El aludido sonrió. Era un muchacho insignificante, de rostro ceroso» (Los Pampinos. Luis González Zenteno, 1956: 159).

Epale. «El Laucha soltó el saco con piezas de metal que sostenía con ambas manos, sobre el hombro de don Patria, y el viejo osciló cómicamente de atrás para adelante, y casi se fue de bruces.
-¿No ve? ¿No ve? ¡Epale! ¡Epale! –gritaba, riendo a todo trapo-. Se le pusieron de lana las piernas» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 298).

Epigastrio. «No se disipaban aún los vapores enervantes del discurso de Rebosio, cuando una sola carcajada resonó en la plaza. Era apodado Foforofó –porque también tocaba el trombón en la banda municipal- y la chiquillería agrupada en torno del quiosco, le gritaba, con las manos ahuecadas.

-¡Foforofó! ¡Foforofó! ¡Foforofó!

El no cabía en su pellejo de felicidad.

-¡Salud, compañeros! –y levantó los brazos como los pugilistas en el cuadrilátero.

-¡Ja, ja! –Los epigastrios se retorcían de risa» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 181).

«-¿Y quién eres tú, mozalbete estúpido, para afirmar tanta lesera? ¿Quién? ¡Vamos a ver!

El soterró la cabeza en sus hombros flacos. Producía una penosa impresión su cuerpo magro, desnutrido, rayado de cardenales. Se mordió los labios.

-Dempsey, ocúpate de él.

El orangután peludo y sonriente, de ñatas de bull-dog, avanzó desde un rincón.

-¡Dale su medicina! ¡La pide a gritos! ¡Dale!

Lo atenazó de la nuca y le castigó el epigastrio, el abdomen, los riñones, con golpes cortos y secos» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 206).

Esquiroles. «-¡Abajo los esquiroles!

-¡Abajo!

-¡No traicionen a su propia clase, canallas!

Esquiroles! ¡Esquiroles!

Esquiroles! ¡Esquiroles!» (Caliche. Luis González Zenteno, 1954: 188).

Estibador. «Sucedió que una noche, en Iquique, ganó a un marino borracho la balandra briosa y esbelta en que se hizo hombre de mar por propia cuenta y riesgo. Más de una vez, en sus peores momentos, en los instantes más grises de sus manotas –que no por grandes dejaban de ser finas-, perdió su querida barca. Sin embargo, no cejaba hasta recuperarla. Cuando lo primero, se hacía estibador y les ganaba los sueldos a los camaradas, en competencias naturales a la profesión. No obstante la suerte suya habitaba en la destreza de sus manos extraordinarias, de verdadero jugador, manos de tahúr y de artista.

Borracho contó alguna vez, fanfarronamente, que sabía tocar con maestría el violín» (La Luz Viene del Mar. Nicomedes Guzmán, 1963: 115).