Emergencia y desintegración de la sociedad tarapaqueña

Riqueza y pobreza en una quebrada del norte chileno

Resumen

La quebrada de Tarapacá, como otros ríos que cruzan el desierto chileno-peruano, desemboca en la extensa pampa del Tamarugal, a 100 km de la costa, dentro de un paisaje actual de máxima aridez. Diversas poblaciones detectadas con tácticas arqueológicas constituyen etapas de largo proceso de asentamientos establecidos desde ocupaciones arcaicas preagrícolas hasta la actual distribución de aldeas que sustentan a la escasa población existente en el lugar.

Diferentes formas de percibir la explotación de la quebrada entre pampa Iluga y Pachica, a través de un espacio de 25 km (Figura 1) (ver mapa adjunto), acondicionó el desarrollo de diferentes patrones de asentamientos como consecuencia de distintas respuestas sociales sobre un ambiente homogéneo y ecológicamente estable. Diversos clímax poblacionales pre europeos son definidos ante la perspectiva de situar una etapa de perturbación a raíz de la colonización española. A partir de esta nueva situación se aceleran cambios socio-políticos y productivos que implican un proceso de desintegración de la sociedad autóctona. La naturaleza de este proceso, sus etapas críticas de desarrollo y los factores socio-ambientales responsables de la estructura andina en un enclave definido de los Andes meridionales son sintetizados en este artículo. Esta eclosión se advierte en la colonia tardía con el auge de la extracción minera que alcanza un estatus superior a través de la temprana explotación salitrera y con ello la consolidación de las clases dominantes, su disolución y la persistencia de la desigualdad social.

EL AMBIENTE

En la planicie inclinada precordillerana que desciende desde los Andes a nivel de base regional (pampa del Tamarugal), trazó su curso la quebrada de Tarapacá como portadora de los intensos desagües del Cuaternario más reciente, que alcanzaron una última expresión torrencial en el Pleistoceno (Figura 2). Posteriormente, un escurrimiento superficial activado por la pluviosidad de la línea divisoria de aguas, generó caudales intermitentes que variaban según la potencialidad de los pluviales andinos. El río Tarapacá consolidó un bioma de oasis, acentuado en las diversas vertientes que interceptan las filtraciones subterráneas en una cubierta hiperárida generalizada (Figura 3). El ambiente post pleistocénico en los Andes había generado un aumento de la pluviosidad estival en las altas cumbres (“invierno boliviano”). Lo anterior estimuló un intenso circuito hídrico, prolongado por el curso de la quebrada, hasta lograr en la temporada cálida un área de desagües activos en la desembocadura de la quebrada sobre pampa Iluga, en las amplias extensiones del Tamarugal (Tricart 1965). Potentes sistemas torrenciales se escurrían por el lecho de la quebrada en el verano tardío, reactivando la vegetación de arboledas de Prosopis, tanto en la caja de la quebrada como en amplias pampas aledañas, en donde una cubierta arbórea, asociada a vegetación arbustiva, se ampliaba o contraía según haya sido la regularidad de las “avenidas”. Por otra parte, la saturación del nivel freático de la napa subterránea permitía el afloramiento de surgencias que alimentaban la quebrada y además afianzaba el enraizamiento de grandes arboledas de Prosopis cerca de depresiones lacustres temporales, pantanos y cubiertas forrajeras estacionales. Esto ocurría donde la quebrada se diluye en uno de los actuales paisajes más desérticos del mundo, pero capaz de recibir aportes hídricos excepcionales en determinadas temporadas más húmedas. En un área donde el apoyo pluvial no tuvo efecto local en términos de lluvias de verano, concentraciones exóticas de bosques y vegetación baja forrajera alternaron con los recursos regulares y sostenidos del río quebradeño que por sí mismo mantenía un bioma atractivo, sin alteraciones tan contrastables como pampa del Tamarugal. Aunque hay ciertas tendencias a aceptar que el área total ingresó desde fines del Pleistoceno a un proceso de desertificación gradual (Tricart 1965), el modelo hidrológico propuesto parece haber persistido con cierta eficiencia entre los 5.000 a 2.000 años AC. Aunque hubo fluctuaciones entre etapas críticas de sequías menos dilatadas que las actuales, y temporadas más húmedas con avenidas torrenciales, se estableció un locus ecológico favorable a la concentración de bosques de Prosopis (algarrobos y tamarugos) en el tramo final de la quebrada inmediata. Las vainas ricas en glucosa que se desprenden en el verano tardío intensificaron amplias cosechas en un espacio extenso, que además servían de forraje para fauna herbívora (v. gr. guanacos). Animales junto a humanos recolectores se nuclearon en esta temporada productiva con el apoyo de vertientes y del mismo río estable de Tarapacá (Figura 3).

LOS ASENTAMIENTOS PREAGRÍCOLAS

A este ambiente convergieron las primeras bandas documentadas hasta ahora en el área, con énfasis en prácticas de caza, para lo cual se establece un adecuado manejo de los recursos litológicos locales (riolita) en campamentos dispuestos en la desembocadura de la quebrada, frente a las arboledas de Iluga. Aquí elaboraron su equipo de captura y faenamiento a través de un patrón lanceolado temprano (Tarapacá-10). Antes de los 6.000 años AC estos grupos de densidad moderada aún no percibían el usufructo de la recolección como base clave de la alimentación, a juzgar por la ausencia de elementos de molienda (True et al. 1970, 1971; Núñez 1972-a). Si aceptamos que la estabilidad anual de las ocupaciones cazadoras-recolectoras en los pisos andinos era suficientemente crítica, debieron producirse desplazamientos estacionales especialmente en la temporada de verano (lluvias estivales), estimulando ascensos y descensos por estos pasadizos intermedios, en donde contactaban entre los ambientes marítimos, forestales y fluviales, los cuales en conjunto son más altamente productivos en esta época que en cualquier otra del ciclo anual. Circuitos trashumánticos entre la costa y las tierras bajas presuponen una temprana incorporación a prácticas de recolección con implementos de molienda especializados desde fechas arcaicas documentadas en Tiliviche (Núñez y Moragas 1977) a los 5.900 años AC y que persistieron en la quebrada entre los 5.000 a 2.000 años AC, aproximadamente. En este amplio rango de tiempo las bandas se desplazaron entre dos extremos altamente productivos: el Pacífico y valles interiores, manipulando ecosistemas intermedios, en donde el rol de la quebrada adquirió un carácter prestigioso en su tramo final. Sin duda que este locus atraía a los primeros grupos con implementos de molienda que controlaban el perfil costa-valles con un fino aprovechamiento multiecológico. El advenimiento de los primeros grupos que asignaron mayor importancia a la recolección, significó el comienzo de una persistente tradición local tendiente a buscar una mayor estabilidad, en donde la caza era menos significativa.

Estas bandas obtienen un conocimiento más detenido del área, restringiendo su movilidad al locus específico por temporadas algo más dilatadas, a través de dos patrones de asentamientos sincrónicos. Por una parte, se establecen en las terrazas estables del tramo desembocadura-Huarasiña diversos paraderos que se sostienen por el apoyo efectivo de las arboledas y desagües del final de la quebrada. A pesar de estos recursos, el tamaño de las bandas parece ser de muy baja densidad. Sugieren más bien un carácter transitorio, con un entendimiento al medio muy poco comprometido. Si esto ocurrió en etapas de sequías con pocos estímulos convergentes al área, es aún muy especulativo. Lo cierto es que algunos paraderos (Tarapacá-2-A y 14-A), que se han datado a los 4.020 años AC (True y Núñez 1974), estaban en posesión de alimentos foráneos rescatados del mar y de la propia quebrada: guanacos y fibras vegetales (Figura 4).

Por otra parte, en esta misma época, bajo condiciones de etapas de mayor eficiencia productiva, con menos sequías, densas concentraciones de macro-bandas acceden a hábitats más interiores, constituyendo un segundo patrón habitacional más persistente en diferentes localidades de los bordes altos de la quebrada, junto a las vertientes de Caserones y Huarasiña. Por cierto, que este énfasis recolector es evidente (manos y morteros), aprovechándose más rigurosamente los recursos simbióticos del mar-pampa-quebrada a partir de campamentos establecidos en hábitats quebradeños (Figura 2).Se desprende claramente que no hay ocupaciones de esta naturaleza al interior de Huarasiña, porque siempre se mantiene bajo control la explotación de las pampas aledañas y de los propios bosques incorporados al tramo final de la quebrada. Un régimen de subsistencia planteado en el manejo de fuentes locales de alimentación estacional, con énfasis en la recolecta del locus óptimo, condujo a cierta estabilidad más prolongada que se demuestra en las construcciones de los primeros hábitats estructurados en depresiones semicirculares, datadas a los 4.480 años AC (Tarapacá-14). El prestigio del área en términos de alta concentración de recursos parece estimular la atracción a reducidas bandas que nuclean ocupaciones como diversos racimos de algo menos de una decena de cabañas livianas, asociadas a una excelente litología local, adecuada para las industrias de uso regional (Figura 4). Varios campamentos con estructuras microfamiliares, destinadas a la elaboración de herramientas, cocina y descanso nocturno se distribuyen gradualmente (Tarapacá-24, 25, 26, 29, 31, 32). Las dataciones de los últimos campamentos de molienda especializada y caza fluctúan entre los 2.830 – 2.740 – 1.960 años AC. En estos instantes las microbandas podrían haber dado lugar a concentraciones mayores, a juzgar por un notable núcleo con algo de 30 habitaciones de piedras, dispuestas cerca de Caserones, es decir, bastante más retiradas del nivel de pampa. Sin duda que este acercamiento gradual al sector de Caserones está dado por los primeros experimentos de adecuación de cultivos. Si efectivamente la planta de maíz registrada en el campamento precedente es parte del contexto precerámico, lo cual parece ser correcto según la documentación del sitio Tiliviche (Núñez y Moragas 1977), habría razones suficientes para aceptar aquí el desarrollo de indicios de horticultura. Aunque no hay fechas para estos nuevos acomodos de cultivos al interior de la desembocadura, lo acertado es percibir el alto crecimiento de las bandas a consecuencia de estancias cada vez más prolongadas por el racional manejo multiecológico del área.

A los 2.000 años AC los patrones de desplazamientos trashumánticos aún se mantenían vigentes en las quebradas bajas del área. Los grupos Conanoxa (Niemeyer y Schiappacasse 1963) conocían el manejo multiecológico costa-quebradas, de modo que aquí debió ocurrir algo similar. Pero también hay sospechas muy concretas que a partir de esta época la gente intensifica la movilización de cultígenos logrados en pisos interiores y los experimentan en enclaves capaces de reproducir semillas del complejo tropical-semitropical, en donde el rol de las buenas vertientes era un estímulo considerable.

La distribución de esta población no-agrícola en un sector restringido a las cotas bajas de la quebrada, clarifica un adecuado equilibrio con el medio productivo del nivel de pampa y desagüe, bajo un régimen hídrico superior al actual. Al observar el actual paisaje, llama la atención la vigencia de un ambiente hiperárido (Galli y Dingman 1962) con arboledas raleadas y restos de montículos de forestaciones explotadas, que junto a la escasez de avenidas de verano crean un diagnóstico de fuertes y contrastados cambios ecológicos que alteraron un ambiente productivo en desierto. Quien perciba así tan drástico quiebre del paisaje por causas ecológicas, considerará las hipótesis de Tricart (1965) en torno a un gradual proceso de desertificación como demasiado conservadoras. No obstante, debe tenerse en cuenta que el locus que nos preocupa, al desarrollarse en una de las áreas más estériles del mundo, lleva una larga historia de explotación que se agudizó con las faenas mineras de cuatro siglos continuos en calidad de combustible local. Sería increíble aceptar una estabilidad ecológica del área solamente alterada por la erosión antrópica, en consideración que las evidencias estratigráficas revisadas por Tricart (1965) aseguran una disminución gradual de las avenidas torrenciales. No obstante, no está aquí en debate el tamaño del área de recolección, ni tampoco un acondicionante ecológico en el sentido que el proceso de desertificación conlleva a un déficit de arboledas, hasta alcanzar la modificación del trabajo humano especializado en su control. Sólo habría bastado el desarrollo de un hectareaje forestal promedio como el registrado tardíamente por los españoles (O´Brien 1765 en Bermúdez 1975) para que el modelo propuesto tuviera validez.

En principio la expansión de arboledas en la pampa fue superior a los requerimientos de los asentamientos con molienda, pero no fue capaz de atraer campamentos con estabilidad por la falta de diversificación del bioma, la inconstancia de las avenidas, el límite interpuesto por un tiempo de cosecha y el déficit de agua potable. Por otra parte, los hábitats en la quebrada junto a un bioma más diversificado están cobijados en un microambiente cálido, muy diferente al clima vigente en la pampa abierta con mayores contrastes térmicos (v. gr. Tirana).

Al final de la secuencia arcaica pre agrícola hay cierto nivel de estabilidad en los medios quebradeños como consecuencia del estímulo dado por la recolecta especializada y los escasos brotes de horticultura (v. gr. polen de maíz registrado en un campamento arcaico). La concentración habitacional permitiría admitir la existencia de una leve presión social sobre un régimen de subsistencia pendular que fluctuaba según la mayor o menor recarga de agua, con torrentes de verano a veces catastróficos, que transformaban casi radicalmente la caja de la quebrada y cubrían incluso las propias arboledas. Si existió un paso gradual y sostenido desde la recolección especializada a los brotes de horticultura, este cambio llevó implícita una menor dependencia de los bosques por un incipiente desarrollo de la producción de alimentos. Es decir, se dispone de nuevas formas de trabajo para lograr una estabilidad habitacional que se venía operando a través de 4.000 años o más de experiencia en recolecta intensiva en ciertas estaciones del ciclo anual.

Los factores que estimularon la sedentarización en las quebradas bajas, por cierto que deben diferir de los modelos de las tierras altas. En este caso se advierte un balance simbiótico del litoral con recursos forestales y quebradeños, estos últimos más adecuados para los intentos de horticultura en torno a las vertientes. Dentro de este circuito de explotación multiecológica, diversos campamentos que conforman agrupamientos de macro-bandas (2.000 años AC) tienden a restringir el espacio de trashumancia (aprovechamiento de distantes enclaves productivos que fluctúan durante el ciclo anual). La estabilidad temporal lograda en los campamentos de molienda de Tarapacá significó éxitos considerables que debieron intensificarse mediante nuevas formas de explotación del área a través de la adecuación de cultígenos complementarios, sin perder vigencia el manipuleo multiecológico regional. La idea de sedentarización ya estaba presente en poblaciones que ocupaban el litoral inmediato a los 2.000 años AC. En efecto, existían concentraciones de bandas al sur de la desembocadura del río Camiña y un patrón aldeano arcaico o precerámico en la boca del Loa (Núñez et al. 1975).

Teóricamente es posible suponer que estas últimas ocupaciones sin cerámica, nucleadas con estructuras semiestables en la quebrada, son portadoras de los primeros trabajos agrarios. Si no surgió aquí el germen horticultor, alguien con responsabilidades arcaicas debió percibir el paisaje productivo a través de la siembra de semillas transportadas desde pisos interiores. La distancia de tiempo que existe entre los últimos campamentos con molienda en Tarapacá (1.960 años AC) y los trabajos agropecuarios de la cultura Wankarani, establecida en el altiplano limítrofe a los 1.210 años AC (Ponce 1970), y aquella de la aldea Caserones y sus cementerios, no es tan extrema. Es factible responsabilizar a las tierras interiores agrarias del desplazamiento de los primeros cultígenos que interceptan los desarrollos finales de las tradiciones arcaicas (no agrícolas), especializadas en la recolección del área. Entre este tiempo hasta algo antes del comienzo de nuestra era la quebrada percibe los primeros indicios de cultivación local, dentro de un sistema de subsistencia afirmado fundamentalmente por el nexo recolección mayoritaria-caza subsidiaria y apoyo marítimo. Este conjunto de factores fue suficiente para la estabilización creciente.

Lautaro Núñez

Este artículo fue publicado en la revista Atenea, No. 439, pp. 163-213, en el año 1979, editada por la Universidad de Concepción.

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